Desde el barrio
Desde esta esquina polvorienta,
donde el horizonte se mezcla con los techos bajos y el cielo gris, se escucha
el susurro incesante del barrio y se mira el parpadeo de la ciudad. Es un
latido constante, un corazón que late sin prisa, pero sin pausa. Aquí, en estas
calles torcidas y empinadas, las palabras se mezclan con el humo del café
colado, las risas de los niños suenan como ecos del pasado, y las radios
susurran viejas promesas a través de ventanas que nunca se cierran del todo.
Los perros ladran, los saludos se lanzan al aire como flores de despedida.
Estas calles sin nombre, que la
memoria de los mapas olvidó, cargan historias tan profundas como las raíces de
los árboles viejos que aún insisten en crecer entre los adoquines. En la tienda
del barrio, donde el mostrador está marcado por los años y los silencios, es
donde se guardan las voces de los que llegaron de lejos, los que trajeron
consigo el peso de la distancia y el sueño de un hogar. Es allí donde la madre,
callada, compra el pan con la misma moneda con la que paga sus lágrimas. Y el
vecino, con manos gastadas, comparte lo poco que tiene, porque en la miseria se
sabe que solo compartiendo se sobrevive.
Aquí, en esta esquina perdida del
mundo, la dignidad no se compra ni se vende, se teje en el día a día, en el
sudor que moja la tierra y en la música que retumba en las paredes, para que el
dolor no grite tan fuerte. No es solo la música, es el pulso del barrio, es la
vida que insiste en seguir, incluso cuando todo parece querer detenerla. Porque
en cada paso, en cada rastro de aquellos que jamás dejaron de creer, hay una
historia de resistencia. Resisten por el derecho a tener un techo que los
cubra, una mesa llena que alimente, y una justicia que aún no llega.
Allá, en el centro de la ciudad,
las luces brillan como promesas vacías. Pero aquí, en la barriada, las
estrellas que alumbran no están en el cielo, están en las manos de los que
construyen el futuro, ladrillo a ladrillo, sueño a sueño. Aquí, en medio del
polvo y la esperanza, se levanta el mañana que pertenece a todos, los que
madrugan, los que luchan desde el rincón más olvidado, desde la sombra que la
ciudad no quiere ver.
Es por ellos, por los que son más
que un número en las estadísticas, por los que tienen nombre y rostro, que
levantamos una bandera invisible pero firme. No hay mayor riqueza que la
unidad, no hay mayor poder que el de un pueblo que no se rinde. Y aquí, en este
rincón del mundo, en este barrio que late como un tambor antiguo, sabemos que
siempre habrá un cantor que cante por nosotros, y que el pueblo, este pueblo,
seguirá adelante, porque la lucha es su destino.
Jorge Alberto Narváez Ceballos
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