Desde el día en que nació este
amor, con la luna revuelta en los ojos y el corazón cosido con hilo de
imposibles, supe que era un asunto de arenas movedizas. Te prendiste en mi alma
oliendo a viento salado y a café recién colado, pero sin que nadie pudiera tocarte
más allá de la piel, como si la ternura fuera una quimera que solo se le ocurría
a mi corazón enajenado.
Este amor nació en mi alma llena
de aguaceros y en mis manos sucias de mundo, con la urgencia del que ha amado
demasiado y ya no sabe vivir sin dejarse la vida en el intento.
Te busqué en las esquinas de la
madrugada, en el eco de los boleros tristes, en las brisas que arrastraban tu
olor a tamarindo y mandarina dulce. Y tú, intacta. Inmune al deseo, con esa
frialdad de las estatuas que nadie adora, con la soberbia de las diosas que no
han probado el abismo.
Te nombré en cada gemido de la
tierra mojada, en el temblor de las noches donde el insomnio es un amante
cruel. Pero tú seguías ahí, dura como la piedra, intacta como un juramento sin
sangre.
Me fui mil veces y mil veces
volví, porque el amor es testarudo y se aferra hasta a los clavos oxidados.
Pero en algún punto de la historia, supe que hay batallas que no se ganan ni
con pólvora ni con promesas.
Así que me fui. Me fui con la verraquera
del que sabe perder, con la desfachatez de quien ha dejado el corazón tirado en
la puerta de otro y se marcha silbando una canción.
Y mientras me alejaba, una
certeza me golpeó la espalda como una pedrada: algún día, sin aviso ni remedio,
el amor te va a tocar la puerta. Y cuando eso pase, vas a saber lo que es estar
del otro lado de la historia.
Jorge Alberto Narváez Ceballos