martes, 15 de abril de 2025
¿LA LLAMO O NO LA LLAMO?
lunes, 14 de abril de 2025
NO SALES DE ÉSTA CON VIDA
Me desperté en un cuarto blanco, blanquísimo, más blanco que la conciencia de un recién nacido -si es que eso aún existía -. El zumbido de los drones rasgaba el silencio como cuchillas invisibles. La luz me mordía los párpados y el aire sabía a algo sintético, como a mentira con sabor a menta.
Tenía 59 años. Medio siglo y algo
más. Y al parecer eso me convertía en un fósil, un estorbo, un desecho. Aún no
entendía bien qué había pasado. Recuerdo el temblor, las llamas, los gritos
pixelados en las pantallas. Recuerdo cerrar los ojos y desear que todo fuera un
mal guión de serie distópica. Pero no. Aquí estaba. Y aquí mandaban los menores
de 30.
Cuando, en una esquina, descubrí
una especie de cafetería sin café, llena de adolescentes jugando con pantallas
transparentes y riéndose de cosas que no tenían gracia, decidí asomarme, movido
por la vieja necesidad de oír a alguien decir algo con sentido. Grave error.
No me entusiasmó la bienvenida:
miradas que apuñalaban, risas contenidas como cuchillos listos para saltar. Me
senté sin que nadie me lo pidiera, como esos viejos que aún creen tener derecho
a estar en alguna parte.
A mi lado estaba sentada una
chica de unos veinte años, pelo azul eléctrico y ojos de holograma. Me miró
como se mira a un perro cojo en la autopista.
- ¿Y tú qué haces aquí? - me
soltó la pregunta, sin anestesia.
- Observar, escuchar, tal vez
entender.
Los individuos a mi alrededor me lanzaron
una mirada despectiva, como si mi presencia infectara el aire. Un tipo con
aspecto de influencer malvado tomó la palabra. Su voz era pastosa, plana, como
de algoritmo con exceso de ego.
- Para hablar de la historia,
primero hay que entender que ustedes, los mayores, la cagaron. Esto - dijo,
señalando la ciudad-fantasma afuera - es lo que quedó después del Gran Borrón.
Aquí mandamos los lúcidos, los sin arrugas. Los que todavía tenemos tiempo.
La explicación se alargó durante
una hora. Aburridísima. Solo hablaban de algoritmos, de rankings, de la
"pureza de la juventud" como si fuera un detergente. Cuando terminó,
todos aplaudieron como focas cibernéticas.
Al oír semejante barbaridad estuve
a punto de echarme a reír, pero me contuve. Uno aprende a callar con los años,
a guardar las balas para la batalla justa.
- ¿Cómo se te ocurre venir aquí a
criticar? - escupió la chica de ojos de neón, como si leyera mis pensamientos.
- No critico – dije -, sólo me
pregunto si no se están convirtiendo en aquello que tanto odiaban.
Error. Craso.
El aire se volvió espeso. Una voz
sin rostro tronó desde los parlantes: "no sales de ésta con vida". El
tipo del discurso asintió con una mueca de satisfacción. Me arrastraron por un
pasillo que olía a desinfectante y desesperanza.
No sé cómo salí de allí. Tal vez
alguien tuvo un arranque de piedad o fui parte de un experimento. Lo cierto es
que un mes después recibí una llamada. Una voz infantil, metálica:
- Tenemos curiosidad contigo.
Vuelve.
Colgué. Me reí. Esta vez no me
contuve. Y mientras la risa me arrastraba, entendí: no hay futuro sin memoria.
Y a veces, la vejez es la última forma de resistencia y las canas son otra
forma de revolución.
Jorge Alberto Narváez Ceballos
sábado, 12 de abril de 2025
LA MUJER DEL QUINTO PISO
No me acuerdo la fecha, pero sé con certeza que
era una noche de luna llena del mes de mayo.
Había salido de la ducha, sin lograr sofocar el
calor pegajoso que ni el ventilador de techo podía vencer. Abrí la ventana para
que entrara algo de viento, aunque en ese barrio viejo de casas encaramadas una
sobre otra, el viento era un lujo que no siempre llegaba.
Y entonces la vi en el edificio de enfrente.
La mujer del quinto piso.
Flaca, pero con el tipo de flacura que no se
gasta en el gimnasio, sino en las vueltas de la vida. Unos treinta y dos años,
con un kimono rojo lleno de flores negras que parecía tener vida propia.
Bailaba sola, descalza, como si no le importara que las ventanas estuvieran
abiertas, que la ciudad la viera. La salsa sonaba a todo volumen, de esa que a
uno lo saca del cuerpo sin pedir permiso. Primero la Fania, luego La Ponceña. Y
ella ahí, girando, sudando, feliz, como si en ese instante nadie la pudiera
tocar.
La miré, claro. Quince minutos o más, con la
cerveza en la mano y la camiseta empapada por el bochorno. Era como una escena
de película que nadie había filmado, de esas que uno no puede explicar, pero
tampoco olvidar.
A las doce, las campanas de la iglesia
rompieron el hechizo. Sonaron nítidas, limpias, como si quisieran contarle a
Dios lo que yo estaba viendo. Fue en ese preciso momento que ella me pilló.
Me miró.
Y sonrió, pero no con timidez. No. Sonrió con
descaro, con fuerza. Se asomó medio cuerpo por la ventana y gritó:
- ¿Tienes otra? Otra cerveza…
Y yo, imbécil, apenas tenía esa. Le hice el
gesto de que no, que solo esta, pero que si quería, se la llevaba.
Rió. Dios, cómo rió. Esa risa me llenó las
tripas, me sacudió los huesos.
- ¡Sube! - gritó de nuevo- . ¡Pero primero ve a
la tienda! Golpea fuerte que Don Iván está medio sordo. Y tráeme algo de comer,
¿sí?
Minutos después estaba en la tienda, comprando
un par de cervezas, una bolsa de chitos, dos empanadas frías. Subí por unas
escaleras endemoniadamente estrechas que parecían hechas para enanos o gatos.
En cada piso, una historia diferente: risas apagadas, un televisor viejo con
dibujos animados a todo volumen, una pareja discutiendo.
En el cuarto piso me esperaban sus llaves. Y en
el quinto, ella.
Dejé la puerta entreabierta. Sonaba “Amparo Arrebato”,
y la sala era un santuario del desorden hermoso: luces tenues, cojines tirados
en el suelo, una botella de ron sin tapa, dos ventiladores prendidos al mismo
tiempo. Y ella, esperándome, con el kimono medio abierto y la mirada llena de
esa cosa que uno no sabe si es hambre, deseo o ternura sin rumbo.
Ángel Canales comenzó a sonar con “Nostalgia”.
Entonces bailamos.
No me preguntes cómo bailamos, porque no fue
con pasos ni con estilo. Fue como si nuestros cuerpos se conocieran desde
antes. Ella olía a canela y a cigarro barato. Su escote era una trampa y una
promesa, y su piel, morena, brillaba como si fuera un espejo que le devolvía la
luz a la luna. Me susurró algo al oído cuando comenzó “Llora corazón”, y me
temblaron las piernas. Bailábamos como si el tiempo no existiera, como si
estuviéramos bailando sobre un abismo.
Y cuando sonó “Amada mía” de Cheo Feliciano, el
mundo se apagó un segundo. Ella me miró, seria por primera vez en la noche.
- Hace rato no bailaba con alguien que no
quisiera poseerme… sino quedarse.
No supe qué responder. Le acaricié la mejilla y
le dije al oído:
- Me quiero quedar.
Ella sonrió, pero no como antes. Esta vez fue
una sonrisa lenta, casi triste. Me besó, un beso largo, lleno de todos los
amores que no le habían durado. Y se aferró a mí como si de verdad creyera que
esta vez sí, que esta vez alguien se iba a quedar.
La luna seguía arriba, terca. La madrugada
comenzaba a gatear por las rendijas de la ventana. Afuera, el mundo seguía
girando.
Adentro, el tiempo se quedó quieto.
Y yo… yo todavía no me he ido.
Jorge Alberto Narváez Ceballos
viernes, 11 de abril de 2025
LA ESENCIA DE LA SALVACIÓN
martes, 8 de abril de 2025
DIENTE DE LEÓN
Esa era la situación: tenía que
decidir entre quedarse en la casa, viendo cómo los muebles envejecían con ella,
o salir una vez más con el muchacho que nunca terminó de gustarle. Lo conocía
desde la época en que usaban uniformes escolares y comían perros calientes en
la esquina como si fueran festines imperiales. Ya entonces le fastidiaba la
rutina, la falta de sorpresa, la tibieza con la que él la miraba.
Era una mujer delgada, de mediana
edad, que llevaba en la piel las cicatrices dulces de las que han sido
apetecidas por su generación, por la siguiente y por más de un hombre maduro
que aún olía a tabaco y leía poesía en voz baja. Salía con él, sí, pero en el
fondo hubiera preferido quedarse a solas con la radio encendida y un vaso de
vino blanco entre los dedos.
Un día, harta de las mismas
calles y los mismos sabores, buscó una dirección por teléfono, ofrecían un
trabajo más bien tedioso. No sabía bien por qué lo hacía. Quizás por cansancio,
quizás por curiosidad, quizás porque su corazón - aunque roto, duro como una
piedra - aún recordaba cómo latía cuando tenía esperanza.
Una mañana, pasadas las ocho, lo
conoció en el ascensor del edificio donde trabajaba. Él había pasado la
cincuentena, usaba corte militar y una loción que olía a otoño con mar. No era
calvo, pero su coronilla empezaba a dudar, y siempre vestía como si esperara
una visita importante. Tenía una habitación en la sexta planta y la costumbre
de saludar con una voz tan firme que parecía ordenar que el mundo se detuviera
a escucharlo.
Al principio hablaban de
trivialidades: la humedad del clima, el ascensor que se demoraba, las noticias
absurdas del día. Pero conforme pasaban los días - y los encuentros, siempre
pasadas las ocho - las palabras se volvieron confesiones disfrazadas. Ella
hacía lo posible por coincidir con él en las gradas del edificio, y al verlo,
le sonreía con esa media luna que ya no podía ocultar.
Así fue durante semanas, meses
quizás. Hasta que una tarde-noche él apareció disfrazado de Capitán América,
barriga incluida. Ella soltó una risa como hacía años no le nacía, y bajó
luciendo un disfraz ajustado de Mujer Maravilla, con más deseo que pudor. Se
amaron casi de inmediato, sin cerrar del todo la puerta del apartamento, como
si la ciudad tuviera derecho a saber que todavía había milagros.
Desde entonces, a las ocho en
punto, ella se perfuma como si fuera al altar, y él, impecable como siempre, la
espera en el umbral con una flor silvestre entre los dedos. No es una flor de
jardín, ni de floristería. Es de esas que crecen solas, entre las piedras,
desafiando las tormentas.
Y nadie en el edificio recuerda
exactamente cuándo fue que empezaron. Solo saben que siguen. Que siguen como si
el tiempo les perteneciera. Como si el amor - el verdadero - solo necesitara un
ascensor, una risa, un diente de león y una hora precisa para no morir nunca.
Jorge Alberto Narváez Ceballos
EN UN ABRIL
En un abril de luz incierta
te fuiste como se va la niebla del campo,
sin que el día pudiera retenerte.
Todavía las lilas florecen
con la obstinación de lo que vuelve.
Todavía tu risa
se abre paso en el viento
que roza la ropa tendida,
como si vinieras a secarnos la pena.
Te recuerdo entre risas y barro,
el fusil al hombro
como quien lleva un ramo de sueños.
Hacías del combate
un poema de fuego y ternura,
de esos que sólo los que aman de veras
pueden sostener entre los dientes.
Fuiste compañero.
Mi hermano.
Comandante de sueños.
Tus manos sabían de sembrar
y también de defender el surco.
En un abril te vimos caer
como cae una estrella
y sin embargo, el campo no se apagó.
Tu cuerpo, aún caliente,
guardaba el calor del mundo.
Te nombro ahora
cuando el mundo parece olvidar.
Te nombro porque aún crece
la esperanza en mi lengua
como un brote que no se deja morir.
Te nombro porque el amor por esta patria
es también una forma de continuar tu pelea.
De escribirte con el compromiso vivo.
De darte, en abril,
esta flor de palabras,
esta memoria que florece
donde tu sangre tocó la tierra.
Jorge Alberto Narváez Ceballos
domingo, 6 de abril de 2025
EL CUARTO CONTIGO
Aquella noche, en la ciudad de los manglares quietos y los relojes descompuestos, habíamos terminado la jornada con más cansancio que gloria. Una convención de ideas insomnes y papeles inútiles. Volví al hotel con la fatiga adherida al cuerpo como una segunda piel. La llave de la habitación tenía el número 217, pero el conserje- un tipo escurridizo que parecía salido de una novela de piratas- me advirtió con un gesto torcido que habían unido habitaciones por error. No protesté. Estaba demasiado rendido para la burocracia.
Empujé la puerta con el codo,
cargado de informes y bostezos. Adentro, la luz era tenue, casi eucarística.
Entonces la vi.
Dormía en la cama de al lado como
una criatura del bosque, rendida al hechizo de las sábanas blancas. El cabello
revuelto sobre la almohada, los pies desnudos asomando apenas, como si huyeran
de un sueño. Al cerrar los ojos percibí el olor del viento, mezclado con el
perfume de su piel, que flotaba tibio, dulce, inevitable.
Ahí estaba la piel.
La pulpa, blanda, dulce y jugosa,
como fruta recién caída del árbol del Edén. Después del primer beso- sí, el que
aún no había dado pero ya sentía en los labios- una dulce sensación cruzó por
mi garganta. Me senté al filo de mi cama, sin saber si era fiebre o locura.
Ella se movió, apenas, murmuró algo. ¿Qué hora es?, preguntó con un hilo de
voz, como quien aún sueña.
- Son las cuatro de la mañana - le
dije, sin pensarlo dos veces.
Y entonces lo supe. Había cruzado
una frontera invisible. Ella, con el rostro alzado hacia mí, me miró con ojos
de selva húmeda. Me observaba con una expresión de ternura y descaro, como un
par de luceros en una noche sin luna.
Sobre sus rodillas, sus dedos
eran finos y suaves. Rozaron mi muñeca con una familiaridad de otras vidas.
Agarrado a la correa de mi conciencia, descubrí que la línea entre el deseo y
la nostalgia era más delgada que una hebra de su cabello.
Justo al empezar, como el flujo y
el reflujo de la marea, el deseo se hizo más profundo y acabó sofocando la
razón. Su boca subió, mis manos bajaron, la geografía de su cuerpo se desplegó
como un mapa que ya había recorrido en sueños.
- Vamos bien - susurró.
Como el rumor de la lluvia oído
largo tiempo atrás, una y otra vez, y otra vez más, y otra… su cuerpo y el mío
se fundieron en un ritmo antiguo, como de tambor en víspera de tormenta. Tuve
la sensación de haber visto aquella escena en el pasado, en algún otro lugar.
Un déjà vu carnal, un eco de otra existencia.
- Repite - le dije mirándola a la
cara.
Ella sacudió la cabeza, entre
risas y jadeos.
Y yo supe, en ese instante robado
al tiempo, que nada de aquello volvería a repetirse.
Porque algunos encuentros no son
destino, sino travesuras de la memoria. Y hay noches que se escriben solas, con
la tinta invisible del deseo y el pulso tembloroso de lo prohibido.
Jorge Alberto Narváez Ceballos




.jpg)