viernes, 14 de marzo de 2014

OCASO



Los botones están cayendo, ruedan por el piso de madera. Los botones están cayendo de la cama, mientras ríes hasta quedar sin aliento, carcajada que contagia y que cautiva. Tu blusa se desliza por tu espalda y tus pechos se levantan desafiantes. 

La tarde es fría allá en la calle, la gente camina apresuradamente, huyen del frío, de las gotas de lluvia, de los autos apiñados en calles estrechas y maltrechas. A lo lejos el sonido de una radio que trasmite un programa de variedades y el silbido del conserje del hotel llevando o trayendo, no me importa. 

En la calle la gente deambula y caminan mascullando pesadumbres, sueños rotos, casividas, pensamientos absortos, luchas a medias, desesperanzas ajadas por las oraciones sin dueño. Yo en cambio miro tu pezones surgiriéndose al borde del encaje negro, oigo tu risa, contemplo tu figura que embelesa, tu cabello suelto y pendenciero, los hombros, los brazos que sostienen tu cuerpo en esa cama, el pliegue de tu falda y otra vez tu risa. 

Sirvo un vaso de vino tinto y seco, lo escogiste junto al queso que me brindas en la boca de tu boca, mezclo sabores y colores en mi boca y en mis ojos, espero de tus labios un “te quiero”, así se note en los ojos que lo gritas. Esa tonta forma de asegurar con las palabras, como si los lenguajes de tu cuerpo no hicieran estrofas con gestos, formas y brillo en la mirada.

Tus botas de tacón han terminado al pie  de la puerta, lanzadas por tus piernas como un acto de insubordinación y de desprendimiento, yo te miro sin cruzar palabra alguna, otro sorbo de vino entre mi boca para inundar mi paladar y pintar en mi mente tu figura.

Cómo puede la gente vagar por ahí con el corazón vacío, con los ojos mirando en vano, con las manos tocando sin caricia, cómo el 99% de sus vidas se gozan sin goce la delicia de una tarde como esta. Corren a pagar sus deudas o a endeudarse más aun, saltan los charcos de la calle, cubren sus miserables cuerpos de la lluvia que igual los moja.

El cierre de cobre a un lado de tu falda se desata una vez desabotonas el botón del ojal en tu cintura, entonces te  pones de píe y queda frente a mí, piel, encaje y bisutería, esa risa de niña que me trasporta y maravilla.

Saltas de la cama y prendes un televisor que pende de la pared frente a la puerta y tomas de un bocado la copa de vino, se escapa una gota de tus labios y yo la miro con deseo, quiero ser esa gota rodándose en tu rostro, cayendo en medio de tus senos y volviéndome uno en tu cuerpo.

En otros tiempos nos hubieran llevado hacia la hoguera, nos hubieran lanzado a los leones hambrientos o resultado de un pogromo medieval, la masa indolente nos hubiera lapidado hasta dejar una mancha inerte en el andén de enfrente. Tanto goce y felicidad genera rechazo y envidia. Aún hoy, en estos tiempos de fatua libertad, nos debemos esconder en un rincón como este cuarto donde puedo mirarte con las manos y desnudarte con los ojos, sin temor a ser presa de una inquisición contemporánea y nauseabunda.

Comienzas a hablarme dejándote caer sobre la cama suavemente, hay algo mágico en ese momento de elocuencia, me llevas a otra dimensión cuando tu mano delgada se posa entre mis piernas. Me hablas con esa voz de niña mimada y me acaricias como la  mujer que se desliza hasta mi cuerpo.

Pasándote la mano suavemente, desenredo tu frondosa cabellera, avanzando al extremo sur de tu espalda, acariciándote, escuchándote como si estuviera ante el discurso de mi vida. Alcanzo tu nariz con mi mano, paso la palma por tus mejillas, aumentando con el tiempo la presión de la sangre y el ritmo del pulso en mis venas.

Ahora el mundo me resbala, aquella rosa escapada del jardín me tiene atrapado por completo, puede acabarse el mundo en este instante, caer la luna en medio del océano, romperse seis de los siete sellos, converger en el universo otro big bang.  Nada rompería ese momento, ella echada en esa cama, yo en completa comunión con sus ojos y en frecuencia con sus labios que murmuran mientras se acercan; esa fragancia que narcotiza el tiempo y espacio, esas manos que se apropian de mi por etapas que me recorren en descargas por mi espina dorsal, completan lo más cercano a la perfección y al cielo. 

No supe como quede desnudo ante tus ojos, incluso no se en que momento encontraste la precisa manera de leerme, sin mediar palabra descubría, sin decirnos nada cumplíamos a pie juntilla. Afuera las nubes y la lluvia, la gente y sus dilemas, la ciudad con todos sus enredos; adentro la fineza de porcelana antigua, el fresco de un pintor aun sin terminar, los sentidos y las sensaciones emanan de mí  como cuando se me ocurren las mejores ideas y aun así, no atino a descifrar el porqué de mi sentimiento de indefensión ante tus ojos.

Mientras recorro tus caminos se va alejando la cruda realidad, la guerra, la muerte, los problemas. Y el mundo cobra la dimensión de la obra perfecta del dios de nuestros padres, se me ocurre que estoy lejos de esa calle tras el muro. 

Las mejores ideas me resultan en tu piel, el pasado y el futuro ya no existen, bebo de tu vino y creo como acto de fe que un corazón lleno de amor es suficiente.

Corre por mi cuerpo solo la existencia contada a partir del momento en que arrancaste los botones de tu blusa, retumba el sonido de los botones cayendo en el piso, rodando hasta la puerta, los miro de reojo mientras duermes abrazada a mí, los ojos cerrados, la noche adornada por la luna llena, afuera ha dejado de llover y yo en cambio comienzo a despedirme del cielo para regresar a los caminos fangosos, la gente hermética, los autos y sus luces y el silencio eterno que aturde hasta el día en que vuelva a verte. 
Jorge Narváez C.

miércoles, 5 de marzo de 2014

MUJER



El sonido de tu risa-música, es una canción que da vueltas mi cerebro, un punto de partida, un pretexto para darle rienda suelta a mis recuerdos.

Nada se puede comparar a la melodía que interpretas con tu respiración, tus gemidos quedos, tu sonrisa trémula, tu cuerpo palpitante.

Nada se puede comparar con la música que exhalan nuestros cuerpos al amar, la voz susurrante, la armonía de la respiración, la percusión de las manos en los muslos, la melodía de la boca en el oído.

Vuelven a mi mente esos momentos, instantes de pasión desenfrenada, paredes húmedas y cálidas, temblores, besos, movimientos acompasados y afanosos, ritmo y crepitar de músculos jugosos, respiraciones profundas, uñas clavadas a la espalda, mordiscos, saliva, sudor, puntos carmesí, ímpetu, labios, olores, frenesí.

Recordar es volver a recrear, traer a mi cuerpo y a mi alma esa secuencia de acciones interpretadas por nuestras manos, sempiterna sinfonía de encajamientos acuciosos, tu espalda suave recorrida por mis besos, tus latidos rítmicos marcando el compás de mis delirios. Sonidos que embriagan llevándonos al clímax de este viaje tiempo sin espacio definido.

Sonido gutural, semitono sostenido en tu garganta y en el principio de mi universo vida, diapasón construido entre tus piernas, vibratos, sonrisas, tonos bajos y expresiones, mientras tiemblas de pasión y parece que mueres de placer.

Me encanta escuchar el eco del recuerdo, el silencio roto por nuestra respiración apurada, perfección de movimientos, coreografía de manos y de piernas, mientras te dejas llevar como volando en una nube.

Y entonces entregarme al movimiento de tu cuerpo, tus cabellos reposando en mi almohada, libreto escrito en tu piel por mi sudor y por mi esencia.

Tu vos entrecortada me pide, me conmueve, danzamos juntos con la música que emanas, palabras que no puedes completar, razones y caricias, cántico ancestral, sonidos pronunciados, palabra original, estrépitos y rechinar de dientes.

Mis ojos te han grabado palmo a palmo, no hay lugar de ti que no hayan contemplado, de nuevo tu cuerpo se hace uno con mi cuerpo y mi vida se me escurre desde el principio de la creación hasta el centro de tu alma. Tu recuerdo es una hermosa sinfonía de gemidos, golpeteos y de besos que inunda el espacio. Entro en el mantra de nuestra religión hedonista y palpitante, en que se convirtió mi amor por ti.

Me dejo llevar por tu ritual de espasmos y sudores para alcanzar por fin el cielo, el punto de inflexión de mi canción de vida y de alegría. Mi recuerdo termina con tu olor en mi memoria, tu risa- música en mi alma y la imagen de tu cuerpo rondando por el cuarto.

Si supieras como me embruja los sentidos regresar al tiempo en que colonicé tus puntos más extremos, la sima de tu vientre, los rincones insospechados de tu cuerpo, haciendo de ello un himno de alabanza y una canción al viento.