lunes, 26 de agosto de 2024

EN ESTE INSTANTE ETERNO

En este instante eterno

 

Cómo te amo, mi vida,

con la suavidad del viento

que acaricia las hojas en el crepúsculo,

con la paciencia del agua

que refleja las estrellas

en la noche serena.

 

Te amo con la constancia

del río que sigue su curso,

sin prisa, sin pausa,

deslizándose entre las piedras

que el tiempo ha pulido.

 

Te amo en el silencio

de las primeras horas del alba,

cuando el mundo aún duerme

y solo tú y yo existimos,

como un susurro en la espesura.

 

Mi amor por ti es como la niebla

que envuelve los campos al amanecer,

lento, inmutable,

casi invisible,

pero siempre presente,

siempre abrazándote.

 

Te amo con la ternura

de las flores que se abren

con el primer rayo de sol,

con la esperanza que trae cada día nuevo,

con la certeza de que en tu sonrisa

se esconde todo lo bello de este mundo.

 

Cómo te amo, mi vida,

como se ama lo eterno,

lo que no tiene fin ni principio,

lo que trasciende el tiempo

y vive en cada latido,

en cada mirada, en cada suspiro.

 

Te amo con la fuerza del mar

que nunca se cansa de besar la orilla,

con la paz que solo se encuentra

en la quietud del atardecer,

cuando el cielo se tiñe de naranja

y el volcán eterno se prepara para descansar.

 

Así es mi amor por ti, mi vida,

un amor que no conoce fronteras,

que se despliega en el infinito

y se refugia en lo simple,

en lo cotidiano,

en lo que somos tú y yo,

juntos, en este instante eterno.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos


Fotografía de Jorge Narváez Ceballos

 

CURSI

Cursi

 

Contigo soy de esos

que escriben en servilletas, 

con las letras torcidas 

y el corazón en la mano, 

versos de azúcar 

y suspiros de algodón. 

 

Soy cursi, 

Porque te regalo una flor

que arranqué del jardín del vecino, 

con la luna de testigo 

y un abrazo que se enreda 

como hiedra en tu sonrisa. 

 

Porque te digo 

que en cada estrella 

veo un pedacito de tu risa, 

que en cada gota de lluvia 

siento tus besos caer sobre mi piel. 

 

Cursi porque te envío 

cartas de papel perfumado, 

donde te cuento mil veces 

que tus ojos son más brillantes 

que todos los luceros del cielo, 

que tu voz es la melodía 

que me arrulla en la noche. 

 

Mi amor me hace tan cursi, 

Que escribo tu nombre en la arena, 

sabiendo que el mar lo borrará, 

pero no me importa, 

porque lo llevo tatuado en el alma, 

donde las olas no alcanzan. 

 

Soy tan cursi 

que grito tu nombre al viento, 

esperando que lo lleve lejos, 

para que todos sepan 

que te amo, 

como se aman los sueños 

que nunca acaban. 

 

Quiero decirte que

mi vida es más dulce 

desde que te encontré, 

que mi corazón late más fuerte 

cuando tus ojos me miran, 

que soy feliz solo con saber 

que existes en este mundo. 

 

Y aunque el tiempo pase, 

y las palabras se hagan viejas, 

seguiré siendo cursi, 

porque así, 

en cada sonrisa tuya, 

me encuentro la vida. 

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos
Óleo sobre lienzo
Darwin Córdoba 


domingo, 25 de agosto de 2024

RÉQUIEM A LAS ARMAS

Réquiem a las armas

 

Aquí yace la furia de la pólvora, 

el metal frío que conoció la sangre, 

las balas que silenciaron los sueños 

y quebraron las promesas en mil pedazos.

 

Las armas, esas lenguas de fuego, 

hablaron por nosotros cuando el silencio 

fue el único refugio de nuestro miedo. 

Las empuñamos con manos temblorosas, 

creyendo en la mentira 

de que la guerra era el camino 

hacia la paz que nunca llegó.

 

Ahora, en la quietud de este cementerio, 

descansan las armas, 

como huesos de un pasado 

que aún nos atormenta. 

Ya no disparan, ya no matan, 

pero sus ecos resuenan en nuestras almas, 

como un réquiem eterno 

para la inocencia perdida.

 

¿Qué queda de la lucha, 

de las banderas manchadas, 

de los gritos que nunca fueron escuchados? 

Sólo ruinas, cenizas, 

y un mar de lágrimas 

que no encuentra consuelo.

 

Bajo la tierra, 

las armas duermen su sueño sin gloria, 

sin medallas ni honores, 

en la oscuridad que ellas mismas crearon. 

Y nosotros, sobrevivientes de la tempestad, 

caminamos entre sus tumbas, 

buscando la redención 

en un mundo que ya no reconoce 

nuestros rostros heridos.

 

Réquiem a las armas, 

que el olvido sea su lápida, 

y la memoria, el único fusil 

que dispare contra la injusticia, 

para que nunca más el hombre 

se esclavice al sonido 

de un disparo en la noche.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos



GALLEROS

Galleros

 

Cuando era niño, nos fuimos de paseo de mitad de año a Sandoná, donde el sol parecía nunca caer del todo, el olor a caña y a leña de las cocinas llenaba el aire, y lo más hermoso eran los ojos de agua donde íbamos a nadar todas las mañanas. En Sandoná vivía don Ángel, un hombre de cara curtida por el sol y los años, conocido en todo el pueblo como el más astuto de los galleros. Era el tipo de hombre que siempre encontraba la forma de salir adelante, ya fuera con mañas o con trampas bien calculadas. Sus gallos eran animales de plumajes vistosos y patas atléticas. Entre ellos, el blanco y rojo de nombre Sultán era su joya más preciada, no solo por su valor en la pelea y su hermoso caminar, sino porque había ganado con él la última pelea y, con ella, la casa de la enramada.

 

Junto a la casa, la vecina Raquel tenía un gallinero y, por supuesto, un gallo común, nada extraordinario, hasta que don Ángel, con su habilidad para ver oportunidades donde otros solo veían desechos, comenzó a transformarlo. Primero lo compró con la excusa más normal: necesitaba un gallo sparring, un gallo con el cual sus campeones pudieran entrenar. Lo pintó de un rojo carmesí que brillaba al sol y contrastaba con sus plumas blancas, le afiló las espuelas con tal precisión que parecían cuchillos, y le dio un brillo en los ojos que cualquiera hubiese jurado que era de un campeón. Lo alimentaba con una mezcla secreta de granos y supersticiones, convencido de que estaba convirtiéndolo en el más feroz de los guerreros alados, o al menos, en que todos los que lo vieran así lo pensaran. Pero, al fin y al cabo, era un gallo runa.

 

Llegó el día del gran torneo en el pueblo vecino, donde las apuestas se hacían con la vida misma. Don Ángel, confiado en su obra maestra, apostó hasta el último centavo, seguro de que sus gallos, bajo su mano experta, barrerían con todos. Los hombres del pueblo lo miraban con recelo; sabían de sus tretas, pero también sabían que, en esas tierras, la suerte era tan caprichosa como el viento que barría las calles polvorientas.

 

Los gallos de don Ángel ganaron cada una de las peleas iniciales, despachando a sus contrincantes con facilidad pasmosa. El enfrentamiento final prometía ser tan feroz como una tormenta tropical. Don Ángel sacó del corral al gallo runa, lo llevó a la pesa y le echó un soplido de aguardiente bajo las alas. El gallo runa se lanzó al ruedo con la furia de un animal hambriento. El otro gallo, pese a su resistencia, cayó ante las espuelas del gallo carmesí. Don Ángel sonreía de forma nerviosa en la oscuridad de su rostro; ya podía saborear la victoria, la fortuna, el renombre, pero no fue así.

 

En el último combate, cuando el runa enfrentaba al gallo de un forastero con un brillo de misterio en la mirada, sucedió lo inesperado. El runa ganó, sí, pero fue una victoria amarga, con un precio que don Ángel nunca había calculado. El gallo runa dejó muerto en el último ataque, exhausto, con sus plumas rojas desparramadas en la arena ensangrentada, a su contrincante. Don Ángel lo miró con una mezcla de orgullo y dolor, consciente de que había ganado la pelea, pero perdido todo lo demás.

 

Los hombres del pueblo, al ver el desenlace, reclamaron sus apuestas, exigiendo lo que les correspondía. Don Ángel había apostado todo al gallo del forastero y ahora, sin sus gallos y sin su fortuna, tuvo que pagar hasta con las paredes de su casa, quedando con las manos vacías y un amargo sabor a derrota en la boca. La gloria le duró solo un suspiro y quedó atrapado en su propia trampa, convertidose en una sombra en la esquina de la gallera.

 

Doña Raquel le compró de nuevo el gallo a don Ángel, y en las tardes contaba la historia de su gallo pintado. Esta se convirtió en una moraleja para el pueblo, con el triste final de un vecino que lo había perdido todo. El gallo runa, que alguna vez brilló como un sol en el ruedo, se convirtió en leyenda, y don Ángel en el ejemplo viviente de que la astucia a veces puede ser el peor de los castigos. Doña Raquel terminaba siempre sus relatos con la frase: “Trampa a la cara sale”.

 

Regresé de vacaciones con una nueva historia y con un aprendizaje de la vida. Además de un profundo respeto por esos animales que dejan sus vidas por la ambición de algunos hombres, por eso cuando me entregaron el escudo de las milicias del M-19, las milicias bolivarianas, con ese escudo del gallo rojo, lo porté con el orgullo del corazón valiente de un campeón y el peso del valor de la palabra.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos 



sábado, 24 de agosto de 2024

LUNA CALLEJERA

Luna callejera

 

Luna callejera,

luna de mi cielo,

te deslizas en silencio

sobre las piedras dormidas,

amorosa te posas

en el volcán eterno,

como un suspiro de plata

que alumbra nuestra noche.

 

Las calles de mi San Juan de Pasto

tiemblan de frío,

cobijadas por tu luz,

y los tejados se inclinan

en un saludo lento,

como si quisieran abrazarte

en la quietud de la noche.

 

El viento murmura,

y las sombras se deshacen

bajo tu manto sereno.

Eres la guardiana de los sueños,

luna callejera,

que con tu resplandor

descubres los rincones

más secretos del alma.

 

Te miro desde mi ventana

y siento el peso dulce

de tu presencia,

una calma antigua

que susurra en los adoquines,

un eco lejano

que vibra en cada hoja,

en cada piedra,

en cada respiro de mi ciudad

que se acurruca en tu luz.

 

Luna de mi cielo,

amiga de los poetas

y los amantes,

en tu viaje eterno

dibuja en mi pecho

la huella de tu paso,

un rastro de claridad

que ilumine el sendero

en esta noche fría,

donde las estrellas callan

y solo tú, luna mía,

eres la voz que canta

en el silencio.

 

Luna misteriosa,

haz un alto en tu camino

y dime cómo le digo que la amo,

como se ama tu luz,

como se ama la vida,

como se ama la paz de tenerla

dormida en mi pecho

en una noche fría de luna encendida.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos



REALIDAD

Realidad

 

La primera mañana sin ti
amaneció vacía,
como un gato
que no sabe qué hacer
con tanto tiempo libre.
El sol se asoma tímido,
como si supiera que algo falta,
que el día ha comenzado
con una ausencia
que pesa más que la noche.

La casa respira lento,
cada rincón guarda el eco
de tus pasos que ya no están,
y el café, que antes compartíamos,
sabe a soledad en la taza
que se enfría sin tu risa,
sin tu voz llenando el espacio
entre el día y la rutina.

La primera mañana sin ti
es un lienzo en blanco
donde nada se pinta,
donde los colores
perdieron su brillo
y las sombras,
sin oponerse a la luz,
se alargan en los rincones
de esta ausencia nueva,
de este vacío que apenas empiezo a comprender.

El mundo sigue girando,
ajeno a esta pérdida que me envuelve,
pero en cada minuto,
en cada segundo que pasa,
la distancia entre nosotros
se mide en recuerdos,
en las palabras no dichas
y en los gestos que se quedaron
a mitad del aire.

La primera mañana sin ti
es el comienzo de algo
que aún no sé nombrar,
un amanecer que duele
y que, sin embargo,
lleva en su esencia
la promesa de un día
en que el sol volverá a brillar
sin esa sombra tan larga
que hoy se extiende.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos

Fotografía de Jorge Narváez C.


viernes, 23 de agosto de 2024

LA SOMBRA DE TUS MANOS

 La sombra de tus manos

 

La sombra de tus manos, 

como un susurro de estrellas, 

se posa en mi piel, 

cálida, suave, 

como el beso de una mariposa 

en la noche que calla.

 

Son sombras que cantan 

canciones al silencio, 

dibujando en el aire 

las palabras, 

esas que se esconden 

en el rincón más tierno 

de tus ojos.

 

Tus manos, 

alas de viento y suspiros, 

tejen sueños 

en la trama del tiempo, 

haciéndonos sentir, 

una vez más, 

canciones al viento.

 

La sombra de tus manos 

se queda en mi memoria, 

como un río que murmura, 

sereno. 

Y aunque la luz se apague, 

siempre quedará la sombra, 

tierna, fiel, 

como el susurro de un amor 

que nunca se despide.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos

ACUARELA
DARWIN CÓRDOBA