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domingo, 28 de octubre de 2018

NOCHE DE LUNA


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Noche de luna



Rara vez se encuentra uno un sueño al voltear la esquina, un sueño vestido de luz y de vestido blanco. Es como cuando uno va en la calle con los bolsillos vacíos, caminando bajo la lluvia y de repente al pie del andén uno se halla un billete que le alcanza justo para subirse al bus. Puede parecer que la vida devuelve lo que uno ha hecho, en billetes de dos mil, justo cuando uno necesita solo eso.

Entonces les decía que uno de cuando en vez se encuentra con un sueño, uno de esos que se sueña despierto. Y entonces te envuelve en una risa, en un baile al ritmo de la salsa y entonces de la esquina del recuerdo te zampa un beso. (Hago alusión a mi ejemplo del billete de dos mil de nuevo) Imagínense ustedes en esa esquina a 20 o 25 cuadras de la casa y llueve sin piedad en esa tarde-noche en la que justo se acabó la plata. ¿Ya me entienden? Ahora imagínense esa alegría de subirse al bus y ver pasar las calles, las gentes corriendo y ver las gotas de lluvia golpear los ventanales y uno sentado tan tranquilo rumbo a casa. ¿Ya la pillan?

Uno aprovecha el silencio para entender las señales que le da la vida, el silencio es la mejor melodía. Entonces ese sueño se materializa y te dice que sos increíble. Caramba, esas palabras te taladran y sobre todo viniendo de alguien maravilloso. Te pone a volar… Es como si esa luna eclipsara la tristeza. Saben, eso fue lo que pasó, en esta luna llena me trasforme otra vez en mí.

Ese sueño de luna llena me trasformó en mí, sí eso fue lo que pasó. Entonces otra vez me subí al caballo y me puse el yelmo y la armadura y cabalgué tras esos molinos de viento, que ahora son eléctricos. Y volví a creer…

Miren todo lo que puede pasar en una noche de luna.

Talvez el símil de encontrarse lo del bus es poco, más bien imagínense esta escena: Vos estás en el último día del mes, aún no te pagan, se acabó todo en la alacena y tienes un hambre que serías capaz de comerte una ensalada de brócoli; entonces te hace frio y te levantas a buscar una chaqueta y te la pones, te sientas a ver que hay en la televisión y metes las manos a los bolsillos para abrigarlas, entonces sientes en tu mano izquierda un billete, doblado en cuatro partes, lo sientes con las yemas de los dedos, le das vueltas y en fracción de segundos, antes de verlo, ya lo has desdoblado y te das cuenta que es un billete de cincuenta mil… Carajo, allí que sea de cincuenta o de mil no importa, lo que importa es esa sensación, esa alegría, ese momento de congraciarte con la existencia, te sientes parte del universo, hasta vuelves a creer en que la divina providencia te tiene en cuenta. Esa es la sonrisa que tuve en ese momento, la de volver a congraciarme con la vida.

Sí, ya se. Ustedes dirán que es una exageración, que soy muy histriónico y que eso pasa muy a menudo. Pero no, para mí fue el mejor momento de volverme a convertir en mí y quitarme por fin ese disfraz de ermitaño para volver a salir a deambular por estas calles que ya no asustan con los recuerdos.

    

martes, 12 de junio de 2018

ENCUENTROS

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ENCUENTROS
I
Un hombre que aparenta estar perdido, voltea a verte. Te mira de pies a cabeza tras sus gafas oscuras y aprovecha la llovizna para aparentar mirar hacia otro lado. Con andar pausado te sigue y te mira desde el otro lado del andén y te recorre de nuevo.
Te has dado cuenta que te miran, pero aún no sabes desde donde, es ese peso de la mirada en la espalda, ese recorrer en la columna vertebral que se siente poco a poco. Se escucha que viene un automóvil que salpica el agua que se empoza en los rincones de la calle, el hombre cruza la calle y lo ves por primera vez.
Dos jóvenes te saludan desde la otra esquina y sonríes a pesar del golpe de las gotas en tu cara, él te mira como si no existiera nadie más en este mundo, quería hablarte, pero esta vez tampoco se pudo, que importa si al fin y al cabo ya ha esperado mucho tiempo.

II

Entre empujones y arrimones entras a la cafetería, hoy hace sol, pero el viento frío es insoportable. Miras el reloj de Micky Mouse y arreglas el gorro de lana que cubre tu cabeza dejando parte de tu capul en tu frente. Te sientas en la primera mesa que encuentras desocupada, de nuevo la mirada en la espalda, la sientes, pero no te molesta, solo sabes que está allí y pides un café late y unas galletas mientras disfrutas esas caricias que sabes él te está dando con sus ojos.
Sacas de tu bolso un espejo redondo y pequeño y miras tus pestañas y lo ves allí, sentado en la mesa del rincón, su cara, sus ojos, sus labios. Sonríes, te gusta que te mire y te gusta mirarlo.

III

Las miradas entre los dos son obvias. Se van conociendo en cada sorbo que le das a ese café y él no puede pasar de la mirada furtiva a esa admiración que es casi cursi para un hombre de su edad.
De la puerta entreabierta de la cafetería emerge una chica que da un grito al verte, la estabas esperando, pero no puedes sentir cierto malestar al intuir que se quedará mucho tiempo, que evitará que él se acerque y que alargará por más tiempo la posibilidad de mirarlo a los ojos y oler a que huele.
Acabas las migas de las galletas humedeciendo las puntas de tus dedos y mientras te llevas a la boca tu bocado, él sonríe por primera vez, no puede dejar de mirarte y tú lo sabes.

IV

Caminas la calle en penumbra, te preguntas por qué hace tanto frío. Sacas del bolso un par de guantes de lana color arcoíris y soplas intentando abrigar tus dedos con el vapor de tu respiración. Que ganas de un cigarrillo, piensas, pero hace un tiempo dejaste de fumar, la nicotina mancha los dientes te dices murmurando y sonríes otra vez.
Perdón, te dice con voz decidida, hace tiempo que vengo mirándola y no aguanto más, quiero conocerla. Ya es de noche y en la calle la gente pasa lo más rápido que puede porque el viento helado quema los rostros y acelera los pasos. Tu corazón late como un tambor, el huele a la loción de tu padre y tiene las manos largas y perfectamente arregladas. Lo miras a los ojos y le sonríes.
¿Sabe una cosa? Su sonrisa es como música, me di cuenta de eso la primera vez que la vi.
No sabes que decirle tu sonrisa es lo único que puedes expresar, como en las películas cursis de los años 40, en blanco y negro te sientes en esa calle a media luz. Es una escena de un tango, tal vez de un bolero, piensas y lo miras.

V

La calle y el frío fueron testigos de ese encuentro casual, las puertas y esas cortinas doradas fueron testigos del verdadero encuentro.


El sabor a mandarina de tu sexo que llenó su boca y el sabor dulce de su piel en tus papilas te llevaron hasta el cielo. Nunca nadie había gozado tanto de otro, hasta será pecado, diría tu tía si supiera que placentero es este encuentro.


Lo que te excita aún más, es imaginar a la gente allá afuera, caminando a saltos entre los charcos y los carros, temblando de frío, huyendo de las gotas inclementes, mientras tu acaricias y te dejas acariciar, en cada centímetro del cuerpo, encada poro, en cada rincón, encada sueño.

Jorge Narváez C.

lunes, 13 de marzo de 2017

TERMINAL


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Frente al vagón oxidado de un tren, tren que nunca partió. El negociante de muerte se sentó a comer palomitas. La exuberante maleza de verdes diversos trasmite emociones encontradas. Nadie entiende como en medio de tanta vida se hable de muerte. La mujer de vestido floreado y piel curtida sirve plátanos maduros con café negro, mientras los hombres de camuflado oscuro desaparecen casi en silencio.

Frente al vagón oxidado de un tren la gente se reúne y se escuchan murmullos, nadie sabe a quien le tocará esta tarde. Este lugar que no lleva a ninguna parte será el punto de no retorno de quienes ganen la lotería del verdugo.


Jorge Narváez C.

martes, 9 de febrero de 2016

AMOR A PRIMERA VISTA



Desnuda, frente al espejo, mira con atención cada rincón de su cuerpo. La redondez de sus caderas, sus muslos frescos, sus glúteos duros, su vientre terso.


Es una hermosa mujer y lo sabe. Sentada frente al espejo observa con orgullo su cuerpo desnudo. Sujeta sus pechos con ambas manos y apreta suavemente los pezones; su cuerpo incitado, humedeció su sexo en el acto.


Conoce cada parte de sí, cada pliegue, cada lugar. Le encanta mirarse y sentirse, disfruta el lenguaje de su cuerpo.


Circunda el clímax con sus ojos y se humedece con sus recuerdos. Su mente revuela en las evocaciones de otros tiempos o en las ideas que pasan por su cabeza en algunos momentos; su cuerpo tiembla y su boca pretende repasar un beso.


Sacó del álbum de vivencias lo que mejor le pareció y lo mezcló con sus deseos, una deliciosa amalgama de sabores, sensaciones y de sueños.


Más hembra que nunca, tocó su sexo, sacó de sus instintos un ajuar de aventuras y placeres que nunca se atrevió ni siquiera pensar y que su cuerpo no había logrado tener en la realidad.


Cerró sus ojos y se dejó llevar por un placer que recorría sus entrañas y que inundaba su cerebro. 

Rozaba ligeramente su clítoris con las yemas de los dedos, apretaba sus muslos, pronunciaba palabras que ni siquiera se había atrevido a murmurar en presencia de nadie. Y sus dedos instantáneamente se aceleraban, en círculos cada vez más amplios, cada instante más húmedos, cada vez más profundos…


Abrió sus ojos y se observó sonreír. Aún con el aliento acelerado, con su corazón latiendo en su garganta y la mirada perdida, se enamoró de su figura en el espejo.

viernes, 20 de noviembre de 2015

VIERNES DE LLUVIA

VIERNES DE LLUVIA

La lluvia siempre ha tenido un efecto relajante sobre mí, aun en momentos en que me toma por asalto en medio de la ciudad y me empapa totalmente. En ciertas ocasiones cuando niño me sentaba en el umbral de la puerta esperando que se formen los riachuelos en los filos de los andenes de la calle, sentía como salpicaba la brisa en mi rostro, la humedad del aire entrando por mi nariz y al alzar la mirada me encantaba ver como caían las gotas y como se iban opacando los ventanales de las casas de enfrente. Entonces mirando los riachuelos correr, entraba de nuevo a la casa y hacia un barquito de una hoja de cuaderno para soltarlo en la parte más torrentosa y así lo seguía hasta la alcantarilla de la esquina, donde daba vueltas en el remolino hasta desaparecer.

Los techos de las casas de tapia apisonada nos cubrían de esos aguaceros o nos permitían jugar bajo los chorros que se formaban en algunos agujeros de las canaletas, dejábamos que el agua nos cubra por completo y entrabamos a la casa con ese chirrido en los zapatos y la alegría desbordándose. Unas casas más abajo era el taller del Maestro Lucero, el hojalatero. Quien sentado en su banquito casi a ras de piso, con sus martillos y sus leznas hacia canaletas y embudos de hojalata y se reía de vernos saltar a los charcos y de como nos empujábamos hasta el chorro de agua temblando de frío al contacto del agua. Él me regaló un pedazo de corcho en forma de balsa, una mañana de sábado, con un pedazo de alambre como mástil en el cual un triangulito de papel amarillo hacía las veces de vela principal.

Si antes de eso esperaba con ansias las nubes sobre el Morasurco, ya es sabido por todos que cuando se nubla el Morasurco la lluvia es algo seguro; podrás imaginar como eran mis ansias de lluvia. Entonces salía y esperaba que caigan las primeras gotas y en un ritual que realizaba con celosa exactitud, cerraba los ojos, respiraba profundamente y sentía la humedad en mis labios; entraba en ese momento en que las gotas sonaban estrepitosas en el pavimento y del cajón de mi nochero sacaba mi nave de corcho. Cuantos riachuelos surcó mi nave, cuantos chorros de agua salvó en su recorrido y cuantos sueños alentó bajo la lluvia. Tal vez nada de esto tenga que ver contigo pero esta mañana me levanté temprano y salí a buscarte, cuando en el camino se desató un aguacero torrencial que me empapó hasta los huesos. Al principio maldije el estado del tiempo, los carros veloces que me salpicaban y mis zapatos mojados por fuera y por dentro. Pero se vino a mi mente el olor del corcho. De repente recordé la felicidad de hace tanto tiempo, esa que estaba escondida o guardada casi en el olvido y que se parece tanto a lo que me haces sentir cuando te veo.

Cuando soy feliz siento un deseo incontenible de contárselo a alguien, de compartirlo de alguna manera, cuando te encontré descubrí que celebrar contigo ese ritual de la lluvia es lo más hermoso que he podido encontrar para compartir esa alegría que es como la lluvia en mi cuerpo a los 6 años. Repetir por fin ese ritual al mirarte con el mismo asombro como miraba las gotas, con la misma impaciencia con que esperaba ver caer el agua, esperar tu piel desnuda; con la misma dedicación como respiraba la humedad del aire respirar tu aliento.

Me gustan tus besos sonoros como lluvia en el pavimento, tus manos que me empapan con torrencial deseo y tu boca que enjuga mi boca como agua en el desierto o al menos como debe ser el agua en el desierto.

Alguna vez te sorprenderé dormida, como hoy me sorprendió la lluvia; te recorreré la piel y entonces sentirás mis labios como siento la lluvia en mi cara y entre dormida y despierta dejarás la lluvia de mi cuerpo mojar tu cuerpo para empaparnos de una vez por todas hasta quedar colmados de alegría, de la misma alegría que sentía cuando entraba a la casa con ese chirrido de agua en los zapatos. 

sábado, 25 de abril de 2015

REVOLUCIÓN EN CUATRO PASOS


I
Las canchas del Liceo se vaciaron totalmente, la luz de las lámparas encendidas le dan un aire de campo de concentración. Cada pared se eleva más de 10 metros y en el cielo una luna creciente se acompaña de la aparición de Marte, el planeta rojo y antiguo dios de la guerra.
Silencio. Cada uno de los doce muchachos se enumera, la rutina comienza con la formación de tres en fondo.
Con todos, a discreción….

II
Un cuarto para las siete, el frío de la mañana se atenúa con tus ojos. Pasamos mirándonos y sin decirnos nada, pero nuestros ojos se lo cuentan todo. La campana en el pasillo suena con fuerza y cada salón se llena poco a poco.
Una voz retumba en el patio interno y doce voces se repiten como un coro, de cada uno de los cuatro puntos cardinales salen arengas llenando el espacio y rompiendo el silencio, los salones se vuelven a vaciar y estudiantes y profesores ocupan el patio y los pasillos de los tres pisos.
Alcánceme el megáfono compañera…

III
El primer beso me rozó los labios y me dejó tatuada el alma. Sin saber nada más que la teoría pasamos a la práctica, cada beso fue el precursor de otro beso y cada caricia fue desatando nudos y desabotonando una pasión incontenible.
El gimnasio del Liceo, un cuarto improvisado, se lleno de ternura y de deseo. Cada caricia atizaba una hoguera y los miedos fueron apagados por el fuego.
Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando los discursos suenan iguales y estas ganas de trasformar el presente se salen de la piel, no te queda otro remedio que la lucha o tus besos…

IV
Desde el techo del Liceo se miran las cúpulas de las iglesias, el techo de todas las cuadras vecinas y en las calles los escuadrones de policía bajando de los camiones. Las tejas de barro cocido cubiertas de musgo y de tierra, pigmentadas por la caca de paloma, pasan de mano en mano. Los policías son repelidos una y otra vez. Proyectiles de barro en caída libre se estrellan en los cascos blancos y en los escudos de policarbonato. Nada ni nadie podrá detenernos, a menos que se acaben las tejas.
La tarde casi se termina y el cielo de azul claro pasa a un ocre enrojecido. Abajo los policías toman coca cola y un bus se parquea en la entrada del Liceo. Las negociaciones se han desarrollado en la oficina del Alcalde y salimos en medio de un tumultuoso grupo de estudiantes.
Me tomas de la mano. Hoy no somos trece, el combo ha crecido. Mi mano acaricia tu rostro asustado y tú la colocas en tu vientre…  


sábado, 4 de abril de 2015

RESURRECCIÓN


Entonces lentamente empecé a resucitar de entre los muertos, no como una acción profana, sino como una acción real, de verdad lo hice después de recibir en mi moribundo cuerpo el aliento de sus besos.

Puse entonces toda mi esperanza en sus ojos, en la luz que me proyectaban cada vez que me miraba detenidamente. Sabía que era algo que me ataba a la vida y entonces, sólo entonces, regresé a la vida.

Eran momentos místicos y rituales. Sus dedos en los botones de mi camisa eran como pinceladas en un lienzo y sus susurros en mi oído como un coro de ángeles.

No exagero entonces si digo que resucité de entre los muertos, pues todo aquel que no pueda sentir todo lo que me hizo, me hace y me hará sentir, simplemente está muerto.


martes, 20 de enero de 2015

EL NIÑO PEDRITO



Las vacaciones de fin de año escolar las pasaba en la casa de la abuela Clemencia y de ellos unos días en la casa de la bisabuela Mercedes.



La calle 18 le daba la oportunidad de salir al parque infantil o caminar hasta la panadería y pastelería Lux donde la abuelita Miche sacaba una moneda y me compraba un cono de dulce o compraba pambazos de 20 centavos, que con la nata de la leche, me comía en el café de las nueve de la mañana.



La casa tienda tenia un biombo que separaba la entrada a la casa del local a la calle, donde la abuelita vendía leche desde muy temprano en la mañana y luego se convertía en el consultorio donde campesinos y varios vecinos llegaban con sus dolencias musculares o torceduras y ella los envolvía en látigo de hoja de plátano y pomada caliente, luego de colocar cuerdas, tendones o huesos en su lugar.



Florentina, su ama de llaves, asumía las labores de aseo y cocina y siempre tenia una sonrisa y una historia. En la cocina una hornilla negra de humo donde el carbón había sido encendido muy temprano, siempre tenía una ollita esmaltada, chiltada en un lado, con café negro que mezclaba con leche en una taza grande también esmaltada y de una talega de lienzo sacaba el pan o a veces una galleta redonda cubierta de azúcar.



Los cuyes paseaban por la cocina y yo los correteaba, me gustaba cargar los más chiquitos. Los tenía en las manos y sentía como su corazón latía aceleradamente e intentaban zafarse, pero se calmaban y se dejaban cargar, los tenia hasta que la abuelita me los quitaba diciéndome: “No se encariñe mijito, que después toca comérselos”.



Una tarde después de jugar en el parque infantil, pasé derecho a la cocina, la abuelita estaba ocupada con un niño que se había caído en la bicicleta y ella le acomodaba el brazo, afané el paso para no oír los quejidos y entré con rapidez en la cocina.



De frente a la puerta sentado “Pedrito”, Pedro Zarama  supe muchos años después que se llamaba, me pasó la mano y como yo entraba casi corriendo quedé sorprendido, pues casi me choco con él al entrar como un tromba a la cocina.



No tenga miedo niñito, Pedrito buen hombre… me dijo con ese tono pausado que tenia cuando no gritaba sus anuncios, le pasé la mano y me senté frente a él. Florentina le sirvió una taza grande de caldo y un pan de sal; sacó de su bolsillo una cuchara y se tomó su caldo con la cebolla picada que había en un plato en la mesa. Me miraba y sonreía.



Cuantos años tiene, niñito?

Ocho le respondí.

Y ya va a la’ecuela?

Acabe primero, estoy en vacaciones.


Sacó del bolsillo del saco azul oscuro una melcocha, me dijo que era de las madres Visitandinas, que era muy rica, que tenia maní.

El 31 de julio de 1983, cuando desperté cumpliendo 14 años, en otras vacaciones de final de año escolar, sin mi abuelita Mercedes, en la casa de mi madre; tocaron la puerta. Era una amiga de mi tía Elvira que nos llegó con la noticia que encontraron muerto a Pedrito, que su pieza se incendió. Atrás quedaron sus voceadas de las fiestas religiosas y de las ricas empanadas calientes de las monjitas, se fue como se fue mi infancia, Pedro Bombo, el niño Pedrito, el buen hombre.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

EL AGUJERO



EL AGUJERO



Asomó el ojo por el orificio en la puerta.


El humo lo cubría todo, el humo y el polvo, y la lluvia ligera de la tarde que caía fuera de la casa sobre el patio de cemento lucido, el humo se filtra amortiguando el resplandor del sol colado entre las nubes, entra también el ruido de los pasos, de las botas y las pisadas abandonadas a su suerte, inmovilizadas finalmente por los hombres que venían de lejos, con acentos raros, con insultos nuevos, sus ojos fijos en ese humo que entra por las hendijas de las ventanas, inmerso en el sonido de las gotas en el techo de lata y el sonido de los árboles sacudidos por el viento.


Aunque aún no sabe la dimensión del peligro, pensó: Arriesgaré una pata fuera del cuarto, quizá ni siquiera me vean, soy tan chiquito que ni siquiera haré ruido.


Fuera de allí, los hombres amarrados en los postes de las cercas tiemblan y  se lamentan, como hojas arrastradas por el viento y el agua, a pesar de la lluvia el sol aún da calor al día, y el viento sopla abanicando los estandartes que subían a los árboles los hombres de otras tierras, los mira como asordado por lo que escucha, los gritos y las suplicas, los insultos y las maldiciones. También las imágenes se nublan,  tal vez sea el fuego que cada vez crece más, el humo y el polvo, el humo, el polvo y la lluvia.



El olor de hierbabuena y de jazmines, mezclado con el olor a plátanos maduros fritos y café recién colado; fue remplazado por un fuerte olor a sangre y chamusquina; los hombres de otras tierras habían matado la puerca y la pelaban en el patio.



Entró en los olores y a través de ellos se abrió camino, plantando su huella paso a paso, pegado a los muros, pisando el suelo como un gato, su nariz estremecida por el humo, entre los olores y el llanto, se revuelven con el humo, el humo y el polvo, el humo, el polvo y la lluvia. Respiraba el humo, el humo, el polvo y la ceniza, de ellos se llenan sus pulmones, de llanto y quejidos, de llanto, quejidos y suplicas se llenan sus oídos, su cabeza daba vueltas, sus ojos miraban en todos los sentidos, pegado a los muros, mirando el suelo y rozando con sus pies la sombra, buscaba el filo de la casa, la frescura de la tierra y el agua que desliza por los aleros, alcanza las matas de plátano, cuando de repente cae en un agujero, en una chamba que habían cavado detrás de la casa, cubierta con hojas, en el fondo se llena el agua, se queda quietico, ahora oye cómo golpean ellos con sus botas mientras pasan, y sacuden la tierra, lanzan y amontonan, juran, gritan, arrastran, borran sus huellas, pisotean, escupen y tapan.



El silencio se comió la tarde, entonces gritó, un grito que se ahogó entre los cuerpos que habían desaparecido casi por completo el cielo sobre su cara, un manto sombrío que casi lo aplasta, lo deja sin aire, sin sonido en su boca.



Aparta con sus manos, levanta los brazos, se alza en sus piernas, respira con fuerza y vuelve a gritar, un llanto sin lágrimas, una voz sin aliento, se agarra de las raíces, del musgo, de la mismísima tierra y huye en medio de la oscuridad. La noche se convierte en un hoyo sin fin y sin fondo, rueda y se levanta, corre y salta, huye sin saber que jamás saldrá de ese agujero.   

viernes, 7 de noviembre de 2014

PARQUE DE SAN FELIPE



Las 10:30 de la mañana, bajan corriendo por la calle interna empedrada y rodeada de pinos de la Escuela Normal de Occidente. Venían del restaurante de comer colada con tortilla, cuando dieron la orden de salida anticipada.



-         Vamos a jugar un rato a la cancha

-         Vamos mejor a la piscina



Llegaron corriendo a la entrada de la piscina y el celador los sacó corriendo.



-         A ver, a ver… Salgan de aquí o le aviso al Prefecto de disciplina



Corrieron como alma que lleva el diablo, antes que el Prefecto venga y los ponga a hacer sentadillas con las manos en el cuello, alrededor de la pista de atletismo, como a los que llegan tarde.



Salieron como una tromba y bajaron a la calle 10 para tomar la carrera 26, donde casi chocaron con el tropel de los muchachos de la Universidad de Nariño, que eran perseguidos por una escuadra de soldados del Batallón Boyacá. Habían sido sacados de las residencias universitarias que quedaban más arriba del teatro Imperial y corrieron para alcanzar el Parque de San Felipe, donde encontraron pertrechos en las piedras del río que se amontonaron en las orillas de las vías por la última crecida del Mijitayo y se hicieron fuertes en la esquina obligando a devolverse a los uniformados hasta la calle 13.



Los niños se encontraron con ese evento y de inmediato, sin pensarlo dos veces, estaban amontonando piedras en la esquinas de la 26 para que los estudiantes de la Universidad continuaran su arremetida contra los soldados.



-         Hacéle un nudo con las mangas al buzo del colegio y hacemos una talega



Y dicho y hecho, los niños habían convertido su buzo del colegio en la mejor herramienta para llevar piedras, de tal manera que los montones de la esquina daban abasto a los manifestantes de una manera fluida y rápida.



Un estandarte del Presidente Mao fue colgado en un balcón de las casonas de la 26 y al rato de la calle 12 un maestro carpintero donaba una llanta de carro que se encendía junto con madera y aserrín, la barricada era un hecho.



Los niños ya no solo traían piedras, sino que junto a los jóvenes estudiantes gritaban y lanzaban guijarros, alentados por las sonrisas cómplices de los transeúntes y vecinos del lugar.



-         ¡Abajo la asquerosa y pecuecuda bota militar! …

-         Abajo, abajo, abajo…



Los niños, los estudiantes de la Universidad de Nariño y algunos vecinos gritaban y atizaban la hoguera encendida en la esquina. A la altura del medio día, los niños estaban con su cara tiznada por el humo de la hoguera, con su camisa antes blanca, salida de su pantalón y sus buzos hechos sacas de piedras, raídos por el maltrato al que los habían sometido.



De pronto se oyó un grito de uno de los muchachos:



-         Los tombos suben por la carrera 27…



Inmediatamente el grupo se dividió y en cosa de minutos organizaron otra barricada cruzando el parque de San Felipe al pie de las gradas del templo. Entonces la tarea de los niños empezó de nuevo. Al pie de la piedra del cura de la Villota, la misma que la tradición oral decía que había sido levantada por un viejo sacerdote sólo con la ayuda de su bastón y colocada en este lugar de manera mágica o milagrosa, ya que es un megalito de al menos una tonelada de peso; se pusieron a llenar sus improvisadas bolsas de las piedras del entorno.



Se escuchó la explosión del tri rail que hizo llegar un tubo de gas lacrimógeno justo entre el grupo de muchachos al pie de la iglesia de San Felipe. El gas hizo estragos entre la gente a su alrededor y aún así, los niños seguían llenando sus buzos de piedras y corriendo a dejarlas en el sitio cercano a los manifestantes.



De pronto al momento en que se hacían a otra carga de piedras, uno de ellos vio unos zapatos de mujer conocidos, levanto la mirada constatando desde los pies, las piernas, la falda, el saco de lana negro y final mente el rostro de su madre.



-         ¡ Mi mamá!



La señora no se hizo esperar, levantó al chiquillo de una oreja y cruzó con él la barricada, el piquete de policía y lo sacó hasta la calle 14, casi levitando.


Una vez en la casa, gritos, un baño en agua fría y un par de correazos, fueron el primer castigo del sistema a este cachorro de revolucionario.

viernes, 10 de octubre de 2014

LA CALEÑITA

La Caleñita

Sábado 23 de abril.

Lo despertaron tempranito para ir a la preparación de la primera comunión en San Juan Bautista, porque el 22 de Mayo el Obispo Salazar Mejía celebraría la misa y muchos niños esperaban con devoción ese momento.

Pasó por Andrés golpeando el portón verde oscuro, con el aldabón en forma de cabeza de león y después el chiflido reglamentario.

Salen en búsqueda del tercer compañero en la calle 19, entran a la carpintería del Maestro Pacho, en la casona colonial de paredes de tapia apisonada de piso de ladrillo cocido, lleno de polvo de madera y aserrín.

-          ¿Está Iván?
-          Pasen, espérenlo.

Entraron en la cocina olorosa a café recién hecho  y se sentaron a tomar café con pan de sal del común, mientras Doña Gloria les preguntaba sobre la salud de los familiares. Afuera en el patio principal prendieron la cierra y el ruido copo totalmente el espacio.

Mientras terminan el café y el pan, sale Iván del cuarto, bien peinado, y se sienta junto a los otros dos niños y toma el café a sorbos grandes para alcanzarlos y se levantan como un resortico, juntos, para salir a la calle.

Caminaron por la calle 19 y subieron por la carrera 27, para alcanzar la calle 18 y bajar hacia la iglesia de San Juan Bautista. Caminaban rápido porque el catecismo prácticamente ya había comenzado y además empezaban a caer grandes gotas de agua, de un aguacero torrencial que se cierne sobre la ciudad.

La hora del catecismo es acompañada por el sonido de la lluvia y el sonido de los autos que se parquean entorno a la Plaza de Nariño. Cuando regresaron a la calle, casi a medio día, la lluvia había cesado y un sol resplandeciente y picante, típico sol de invierno, alegraba el paisaje.

Bajaron por la carrera 25 cruzando el alero del arco del Corazón de Jesús, hasta el Banco de la República. Cruzaron riendo por la calle 19 y en la entrada de “La Caleñita” había un señor gordo de aire bonachón, en camiseta de rayas que le envolvía su barriga prominente, fumaba un cigarrillo y estaba parado frente a un carro Dodge Dart negro con capota blanca, que parecía un taxi, que brillaba con el choque de los rayos del sol que ya caían perpendicularmente.  

El hombre les llama la atención y les pide el favor que le ayuden a subir unos paquetes a la cajuela del carro. Ante lo cual los niños no objetan y le ayudan. El hombre se sube al carro y los llama a la ventana y le da a cada uno, cinco pesos.

Un billete de cinco pesos, nuevecito. Su tono verdusco con el cóndor de alas abiertas y la figura del General José María Córdoba y ese papel sin uso, era un tesoro en las manos de cada uno de ellos.

Gracias… se oyó en coro, mientras el carro tomaba impulso en la calle. No lo podían creer.

Vamos al Ley, dijo uno de los niños y tomaron de regreso la carrera 25 para subir hasta la calle 17 y cruzaron hasta el Almacén Ley.

-          ¿A cuanto valen esos carritos?
-          Nos alcanzan de a dos.
-          No mejor compremos uno y la ultima revista de Kalimán.
-          Dos revistas nos alcanzan a cada uno.

Salieron con un carro de colección cada uno, a comprar las revistas en el puesto del Banco de Colombia en la calle 19, pero en el camino se encontraron con la entrada de los Helados de Paila y al salir con conos de mora y vainilla, ya les quedaba el dinero para comprar solo dos revistas entre los tres.

Cruzaron el parque de Nariño pisando el césped de sus esquinas. Junto a los raspados había un puesto de maní y habas.

-          Que rico compremos maní.
-          Bueno
-          Compremos una revista y nos la turnamos, un día cada uno.
-          Vale
-          Vale

Compraron el último número de Kalimán El Hombre Increíble, en la carátula había una figura del héroe levantando en brazos a un herido y un pensamiento: ¡Siempre hay un camino, cuando se usa la inteligencia!

Llegaron, cada quien para su casa, pues era hora del almuerzo. El Domingo después de misa salieron un rato a jugar haciendo caminos de arena en los andenes de la carrera 28, para estrenar los carros ultimo modelo.

El lunes casi a las 7 de  la mañana, la calle 19 estaba totalmente cerrada por los organismos de seguridad.  Del F2 (La SS criolla) que quedaba en al calle 19 No. 27-92, salía y entraba gente como en carnavales.

-          Camina rápido que se nos hace tarde el colegio.
-          Espere pregunte

Un policía de casco blanco, que le quedaba grande, les respondió: se robaron el banco de la Republica. Y siguió corriendo con una mano en la cabeza para que no se le caiga el casco.


En los titulares de la prensa se leía: ROBO DEL SIGLO. Se llevan 82 millones de pesos del Banco de la República de Pasto, por túnel hecho desde la fuente de soda “La Caleñita”.