viernes, 25 de julio de 2025

CARTAS DE AMOR 46

Señora Bonita,

 

No se lo diga a nadie, pero cuando usted no está, pienso con tanta claridad que hasta me da miedo. Y, sin embargo, apenas me mira, me quiebro.

Hay algo en su boca que no es solo boca: es un abismo dulce, y yo - lo confieso - quisiera caer ahí como quien se entrega al milagro.

No sé si esto que siento es amor, fiebre o delirio, pero cada vez que la imagino, algo dentro de mí arde y se rompe al mismo tiempo.

La deseo, sí. Pero no como se desea algo bonito. La deseo como se desea el agua cuando se ha caminado por el desierto.

Quisiera tenerla aquí, pegada a mí, respirándome en el cuello, diciéndome con el cuerpo todo eso que las palabras no saben decir.

 

Pero también me asusta. Porque usted me importa. Y cuando algo me importa, tiemblo.

Tengo miedo de que esto que arde se vuelva ceniza sin siquiera haber tocado su piel; miedo de que la vida, en su torpeza, nos desvíe antes de cruzarnos de verdad.

Y aun así, le escribo.

Porque usted me hace querer apostar.

Porque su risa suena exactamente como la felicidad que siempre imaginé.

 

No le pido nada.

Ni promesas ni certezas.

Solo que, si un día usted también tiembla por mí, no calle.

 

Yo estaré aquí, con las manos abiertas y la boca - mi única bandera - lista para rendirse en su abismo dulce.

 

Siempre suyo,

en pensamiento, deseo

y temblor.


Jorge Alberto Narváez Ceballos  



miércoles, 23 de julio de 2025

LA MAÑANA SIGUIENTE


 

Nadie supo que ellos se habían amado desde siempre, tampoco supieron que se habían amado por fin. Lo supieron los geranios que esa noche no durmieron, lo supieron los gallos que cantaron antes del alba como si algo sagrado hubiese ocurrido, lo supo el sol, que empujó la brisa con más furia para abrir las cortinas del cuarto, y lo supo la cama vieja de hierro forjado, que crujió como una embarcación que por fin llegaba al puerto después de años errando por mares sin nombre.

 

Habían tardado una vida en llegar allí. Una vida con hijos y domingos, con amores esquivos y olvidos enredados en el tiempo, con esperas interrumpidas, de llamadas mudas, de cartas nunca enviadas, de reencuentros en esquinas donde los labios no se rozaban, pero las miradas se hundían, como cuchillos en la memoria. Se vieron muchas veces, sí, pero como se ve el relámpago antes del trueno: sabiendo que algo iba a suceder, tarde o temprano, aunque no se supiera cuándo ni dónde.

 

Esa noche sucedió. Sin aviso, sin ceremonia, sin otro dios que no fuera el cuerpo pidiendo ser cuerpo. No hablaron. No lo necesitaron. Se desnudaron como quien vuelve al origen, al idioma anterior a la gramática, al tiempo anterior al tiempo.

 

Él la miró sin palabras, con la vehemencia callada del hombre que ha esperado demasiado, y ella lo miró como quien ya sabía todo lo que iba a pasar y aun así no se defendía. Cuando sus cuerpos se encontraron, lo hicieron como se encuentran las cosas que ya se conocen: con la ternura salvaje del destino que por fin cumple su promesa.

 

La habitación, alquilada por una noche, se volvió mundo. En el espejo del baño, el vapor de sus cuerpos dibujó una niebla espesa donde solo cabían sus sombras. Ella se arqueó, y él supo que había cruzado todos los desiertos solo para llegar a esa espalda. El olor a ella - sal, yerba, sombra - lo envolvió como una certeza que no había querido pronunciar, pero que siempre lo sostuvo durante todos esos años de ausencia.

 

El amor ocurrió así, sin gramática, sin nombres, sin altar. Con el alfabeto de la piel, con el verbo entre los dedos, con el adentro palpitando contra el adentro. Como si el tiempo no existiera, o como si todos los relojes del universo se hubieran detenido para permitirles esa eternidad embriagadora.

 

No se lo dijeron. Ninguno. Ni un “te amo” ni un “por fin”. Solo se escucharon los cuerpos y el crujir de la cama, el jadeo contenido, la respiración salvaje que solo se tiene una vez en la vida. La verdad estaba allí, pegada a los muslos, resbalando por la boca, ardiendo bajo la lengua.

 

Amanecieron sin saber si era lunes o sábado, si estaban en la ciudad o en la memoria. Ella se levantó primero, con la desnudez intacta como una bandera recién izada. Fue hasta la cocina. El café burbujeó como una risa vieja, y él la observó desde la cama con la devoción con que se mira el sol después de una larga noche de naufragio.

 

La luz entró como una bendición tibia, y por un segundo, él creyó que se trataba de un milagro. Pero no: solo era el amor, ese amor salvaje que habían esperado, perdido y reencontrado tantas veces, y que al fin, sin palabras ni ceremonia, había decidido quedarse. Y quedarse para siempre.

 

Desde entonces, nadie supo por qué él dejó de escribir poemas tristes, ni por qué ella ya no lloraba en las despedidas. Nadie entendió por qué el volcán amanecía más calmo, ni por qué el gallo del vecino cantaba más temprano. Solo ellos sabían que al fin había sucedido. Y que la eternidad, cuando por fin se posa en la carne, no necesita ser anunciada.

 

Solo ser vivida.

Sin dios.

Sin gramática.

Solo con el verbo ardiendo bajo la lengua. Un verbo sin conjugación, pero que se dice, se hace, se encarna, cada mañana siguiente.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos



 

martes, 22 de julio de 2025

RESISTENCIA


Hay nombres

que no aparecen en los libros,

pero llevan inscripciones más profundas

que cualquier mármol antiguo.

 

Piel

que resistió el hambre,

el deseo prohibido,

el exilio de una patria

que jamás permitió el regreso.

 

Corazones

que no pidieron gloria,

sólo un rincón donde amar

sin esconder la voz

ni el temblor.

 

Tú también los viste

en una plaza al atardecer,

entre ruinas,

en un beso que nadie se atrevió a nombrar.

 

No todos vencieron.

Muchos fueron vencidos.

Pero aún así:

sus raíces siguen vivas en la piel,

y sus ramas

silenciosas

florecen en los que no se rinden.

 

Resistencia,

no como furia,

sino como ternura que no retrocede.

Como un "te amo"

dicho en voz baja

cuando todo

lo prohibía.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos



 

viernes, 18 de julio de 2025

¿QUÉ DIRÍA ZEPELLIN?


 

Me dijiste

que te gustaba el rock.

Que hacías el amor

como si oyeras a Plant en voz baja

susurrándote al oído.

 

No respondí.

Te besé el hombro.

Eso bastó.

Para esa noche.

 

Después,

en la cocina,

el agua hervía

como si supiera algo.

 

Yo pensaba en tus muslos.

En la forma

en que los abriste

no para mí,

sino para la historia.

 

Led Zeppelin sonaba lejos,

en otro cuarto

o en la memoria de otro cuerpo.

 

No hay distorsión más precisa

que tu espalda arqueada.

Ni batería más terca

que el pulso que me dejaste

en el centro de la lengua.

 

¿Qué diría Robert

de todo esto?

 

Tal vez nada.

 

Tal vez solo subiría el volumen

hasta que tus gemidos

fueran parte de la canción.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos



 

martes, 15 de julio de 2025

Y ENTONCES SONÓ PINK FLOYD


 

Estábamos hablando

de algo que ya no importa.

 

El clima,

la muerte de alguien que no conocíamos,

una película demasiado larga.

 

Y entonces sonó Pink Floyd.

No recuerdo la canción.

Solo el modo en que bajaste la mirada

como si alguien te tocara desde adentro.

 

Te fuiste a servir café.

Vi la curva exacta de tu espalda

al inclinarte.

El borde de la camiseta

se separó del pantalón.

Tu piel, tu sonrisa,

una frase de Gilmour.

 

La canción seguía.

Tus pasos volvían.

La taza en tu mano.

Tus dedos tan cerca

de los míos,

que respiré por reflejo.

 

Y entonces te toqué.

 

Todo eso sucedió en tres minutos.

Como un solo de guitarra

que nadie aplaude

porque todavía vibra en el aire.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos


 

EL ÚLTIMO BESO

 

No sabíamos que era el último

pero el cuerpo ya lo intuía.

Tus labios tardaron más.

No por amor,

sino por el vértigo.

 

Tu boca tenía algo de viento.

Algo de flauta rota.

Algo que quería quedarse

y a la vez irse

como la voz de Ian Anderson

atravesando la tarde.

 

La habitación estaba en silencio

pero en el fondo,

muy al fondo,

sonaba Locomotive Breath

y tú apretabas mis dedos

como si pudieras aferrarte al presente

con solo ese gesto.

 

Yo pensé en decirte algo.

No lo hice.

Nunca lo hago.

 

Preferí tu clavícula,

la línea exacta donde termina el cuello

y empieza la tristeza.

 

El beso duró

lo que dura el primer acorde del solo,

cuando la canción todavía promete.

 

Después saliste.

Ni un portazo.

Solo aire.

 

Y en el fondo

seguía Jethro Tull,

como si la música supiera

que alguien

acaba de irse

sin dejar de quedarse.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos



lunes, 14 de julio de 2025

CUANDO EL VOLCÁN QUISO ASUSTARNOS

 

Esa noche

el volcán gritó tan fuerte

que hasta las estrellas

cerraron los ojos.

 

Yo salí corriendo descalzo,

con el corazón en los talones

y mi niño dormido

en los brazos que tiemblan,

pero no sueltan.

 

¡Corra compadre!

¡Que la tierra se puso brava!

Decía mi vecino con su voz de trueno,

mientras las casas lloraban

y el suelo se sacudía

como cuando los niños

patalean por un susto.

 

Mi niño…

ay, mi niño no lloraba.

Me miraba quietico,

con esos ojos redondos

como lunas chiquitas

que lo saben todo,

pero se quedan calladas.

 

Le canté bajito,

como me cantaban a mí

cuando la tierra temblaba

debajo de mis pies:

 

Duérmete negrito,

que papá te abraza,

aunque tiemble el cielo,

no se cae la casa.

 

Y mientras el volcán seguía haciendo pucheros

y la gente corría con el alma en las manos,

yo entendí,

así, sin palabras,

que el amor

puede volverse escudo,

puede volverse estrella,

puede volverse todo,

cuando lleva a su hijo

pegadito al pecho.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos


Volcán Galeras