lunes, 2 de junio de 2025

PAÍS POSIBLE




A veces pienso que, si el mundo fuera más justo, yo nacería cada mañana justo en el hueco de tu ombligo, ese rincón tibio donde el miedo no alcanza y todo late con un ritmo más humano.



Me quedaría ahí, silencioso, como se queda el sol detrás de una cortina esperando verte pasar en bata, oler tu café, ver cómo tu boca lo prueba, como si la vida cupiera en ese primer sorbo. Tus gestos simples - recogerte el cabello, buscar una taza, rascarte un poco la nuca - son pequeños milagros cotidianos, como si el amor no necesitara más que una mañana sin prisa y tus pasos descalzos sobre el suelo frío.



Yo te amo como se ama lo que no se quiere perder: no con urgencia, sino con la paciencia suave de quien ha encontrado, al fin, un sitio donde descansar el alma. Y si alguna vez olvidas dónde está tu norte, mira mis manos: te buscan sin mapa, te aprenden sin prisa, te escriben sin tinta.



Porque contigo, amor, he descubierto que hay cuerpos que son países y caricias que fundan ciudades. Y yo, sin pasaporte, crucé tu espalda y decidí quedarme.



Te amo,

con la quietud

de quien ha comprendido

que fundar un sueño

también puede ser

acariciar con el viento.



Jorge Alberto Narváez Ceballos

Tapiz de retazos


EL HIJO DE LOS OJOS RAZGADOS

 

En los años en que la patria fue capturada por el afán de muerte, cuando los muertos no tenían nombre y los asesinos cargaban el suyo sin vergüenza, el agente de la inteligencia militar Alan trabajaba bajo la superficie de la nación. Literalmente. Vivía entre los muros mohosos de un sótano donde los expedientes dormían amontonados como ataúdes sin cruz.

 

Durante treinta años fue un hombre sin rostro, una sombra obediente que firmaba papeles sin leerlos, sellaba órdenes sin comprenderlas, y acataba mandatos que venían del “olimpo”, donde moraban los generales. Era tan gris como el uniforme que colgaba siempre de una silla coja, y tan callado como los muertos que ayudaba a enterrar entre palabras.

 

Nadie supo nunca cuándo se volvió invisible. Ni él mismo supo cuándo dejó de mirar a su hijo.

 

Lo había dejado al cuidado de su madre, mujer valiente y vencida, que vendía lotería y aseaba casas ajenas mientras el país se caía en pedazos como una ruina mal disimulada. El muchacho creció entre ausencias, se curtió en los semáforos y se hizo hombre antes de ser joven, con esa tristeza prematura que sólo traen los que conocen la pobreza desde la cuna.

 

Una tarde sin fecha, mientras hojeaba con desgano los informes de rutina, Alan lo encontró. En una fotografía de periódico, manchada de sangre tinta y sospechas húmedas, se notaba a todas luces que había estado clavada con tachuela oxidada al tablero de operaciones. Lo reconoció por la mirada: unos ojos rasgados que parecían heredados de un jaguar - así era como apodaban a su abuelo indígena -. El pie de foto decía “abatido en combate”. El expediente lo llamaba “subversivo sin antecedentes”. La orden lo nombraba “objetivo neutralizado”.

 

Alan tembló como si de pronto lo hubieran llamado por su nombre verdadero.

 

Los periódicos del domingo hablaron de dos jóvenes muertos en un enfrentamiento, de un fusil en la mano derecha de un muchacho zurdo, de una chaqueta de uso privativo del ejército que parecía nueva. Pero nadie habló de los otros cinco: estudiantes del mismo colegio, del grupo de teatro, encontrados desmembrados en una finca confiscada y reconvertida en escuela de horror.

 

La orden del operativo de captura había salido del escritorio de Alan. La firmó como tantas otras, con la pluma temblorosa del que obedece sin entender. Quien la ordenó fue el coronel Esteban Cifuentes, conocido por saber brindar sin perder la puntería ni la lengua.

 

Al principio Alan creyó que fue un error, creyó en la confusión, en el azar. Luego supo la verdad. Los muchachos no habían muerto en combate. Fueron vendidos como ganado a un campo de entrenamiento paramilitar, donde un extranjero de acento hebreo enseñaba a torturar como se enseña una lengua muerta. Los dos que aparecieron como muertos habían intentado huir. Los otros cinco no tuvieron esa suerte: se los tragó la tierra después de que les arrancaron la voz con electricidad.

 

Esa noche Alan huyó con los documentos bajo el brazo y la culpa atragantada como una espina de pescado. Se refugió en una pensión frente al cementerio central, donde los muertos hablaban más claro que los vivos. Pasó semanas sin dormir, escuchando el lamento de los expedientes desde la mesa y el grito mudo de su hijo desde el fondo de los sueños.

 

Espió al coronel como había espiado tantas veces a los enemigos de la patria: midió sus pasos, su aliento, la hora exacta en que apagaba la luz, el temblor de sus dedos cuando abría la botella de whisky. Y una tarde de viento caliente, lo esperó en un parque sin niños ni palomas.

 

No habló. Disparó tres veces, con la precisión de quien ejecuta una sentencia divina. Una por cada bala que recibió su hijo.

 

La noticia apareció al día siguiente, diminuta, arrinconada entre el horóscopo y los deportes: “Ex agente asesina a coronel. Brote psicótico. Sin testigos. Se entregó voluntariamente.”

 

Lo encerraron en una celda sin ventanas, donde por primera vez en su vida tuvo un nombre completo.

 

Esa noche soñó que su hijo lo abrazaba. Que los otros muchachos recitaban versos desde una tarima hecha de madera, como en los festivales de colegio. Que una paloma blanca - una sola - le picoteaba el hombro izquierdo mientras le susurraba un secreto que no recordaba al despertar.

 

Y entonces lloró. Por él. Por su hijo. Por los cinco muchachos. Por los padres que aún los buscan. Por la patria que firma sus crímenes con mano firme y los borra con la otra. Lloró hasta vaciarse por dentro.

 

Y así, sin medallas, sin venganza, sin justicia, el agente Alan dejó de ser Alan y se convirtió en una historia más que nadie contará.

 

Porque en este país los crímenes se pudren en los archivos, los verdugos ascienden, y los muertos - los muertos del Estado - sólo descansan cuando los matan otra vez en los sueños.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos



 

domingo, 1 de junio de 2025

PAN Y MERMELADA


Amaneciste en mi cuerpo como si el tiempo tuviera el ritmo lento y ceremonial de quien unta pan recién horneado con mermelada de frambuesas aún tibia. Tus dedos, sagrados como hojas silenciosas mecidas por e viento, me recorrían sin prisa, desmigajando el alma que yo apenas lograba sostener entre los huesos.

 

El sol, perezoso, apenas insinuaba su presencia tras los postigos de la ventana, pero tus manos ya conspiraban en mi cintura como si el universo necesitara reorganizarse cada domingo en la cartografía de mi piel. Dijiste “te quiero” con una voz hecha de pan tostado y cielo limpio, y yo, huérfano de palabras, respondí mordiéndote el silencio que escondías en la comisura de los labios.

 

Luego, entre el murmullo del agua, mientras lavábamos los platos, tú llevabas mi camisa abierta, como quien viste el recuerdo de una tormenta, y yo, que solo sabía mirar con hambre antigua, dejé que mis ojos se perdieran en la geografía de tu pecho. Pensé entonces, como si lo soñara un ángel exiliado: amarte es fácil cuando hasta el agua entona canciones en tu nombre.

 

En lo simple estás,

himno tibio en mi saliva,

milagro que arde.

Sabor que no se va.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos 



sábado, 31 de mayo de 2025

ERES MI BUENA MAÑANA


Eres el primer sol que se posa en mis párpados, la tibieza exacta con que despierta el mundo cuando no hay prisa. Abres mi cuerpo como si descorrieras las cortinas del día, y entras despacio, como el aroma del café recién colado, como esa fruta madura que se ofrece sin vergüenza ni misterio.

 

En tu pecho desayuno: una cucharada de ternura, una miga de voz ronca aún de sueño. Y me haces reír con la lengua, me haces cantar con la piel. Eres mi almuerzo servido sobre la mesa de tu ombligo, mi bocado favorito, la sazón que enciende mis entrañas, la sal que me recuerda que estoy vivo.

 

En la noche me llevas con la promesa de una luna que se desnuda solo para mí. En tu cama no hay horarios, solo un cuerpo que se hace abrigo y otro que se deshace entre suspiros. Eres la madrugada que nadie ve, el murmullo que arde lento mientras se apaga el mundo.

 

Y yo,

yo me quedo contigo,

haciéndote poema en la boca,

como si fueras mi aliento,

como si fueras la única forma

de decir amor sin decirlo.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos

Paisaje con luna y con montaña


viernes, 30 de mayo de 2025

SIN DUDARLO UN SEGUNDO


Me acercaría a ti sin dudarlo un segundo. Como el fuego al aire que lo aviva, como el agua al cuerpo que la espera. No me detendría en los bordes de tu silencio, ni en las puertas que dejas entreabiertas por miedo. Entraría. Con los ojos cerrados. Con el alma descalza.

 

Te tocaría con palabras, primero. Con esas que tiemblan en la lengua cuando la noche cae y todo se reduce a dos respiraciones buscando el mismo latido. Luego vendrían mis manos, mis dedos como preguntas que no necesitan respuesta, que solo quieren saber cómo suena tu piel al decir mi nombre.

 

No me mires con duda. Yo te he amado en todas las versiones del tiempo. Te he amado en los cuerpos que no fueron tuyos, en las calles donde no caminaste, en los amaneceres que no compartimos. Te he amado con la certeza de quien se lanza desde lo alto porque sabe que volar es cuestión de fe.

 

Tú, ahí, tan tú.

Y yo, aquí, tan tuyo.

El mundo puede arder, perderse, callar.

Pero si me lo pidieras,

te seguiría hasta el fondo de la noche

sin dudarlo un segundo.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos



jueves, 29 de mayo de 2025

ENTRE EL ALMA DEL JAGUAR Y LA CIUDAD


A Jorge no lo habían visitado los fantasmas de sus abuelos en sueños – todavía -, pero una tarde de octubre - lluviosa, como toda buena tarde en Pasto-  sintió que la ciudad le quedaba estrecha, como un saco que se encoge por no saberse lavar. Hacía meses que las luces de los semáforos le parecían advertencias del más allá, y los murmullos de la gente en la plaza de Nariño se le confundían con voces de otro mundo. Por eso, cuando un viejo amigo de universidad, medio chamán y medio loco, le habló del Yagé y de un Taita Siona que vivía más allá del fin del asfalto, en Buenavista, Municipio de Puerto Asís, no dudó en decir sí. Como si ya hubiera estado allá. Como si el camino lo hubiera estado llamando desde siempre y apenas ahora se animaba a responder.

 

“Quiero conocer ese estado alterado de la conciencia”, dijo, como si tuviera idea de lo que estaba diciendo.

 

Muy pocos se lo toman en serio, porque alrededor del Yagé, hay una verdadera leyenda, un relato espiritual, que provoca al ser oída por los ignorantes, la risa y la burla. Pero él, que ya había probado algunos rituales cuando estuvo en las montañas del Cauca y leído "Las enseñanzas de Don Juan: Una forma yaqui de conocimiento" de Carlos Castaneda, decidió cruzar la puerta hacia su comprensión, porque - según el amigo chamán-  “la puerta está abierta para quien quiera cruzarla, sea indígena o no”.

 

El viaje fue una odisea. Salió de Pasto al amanecer en una flota que olía a gasolina. Atravesó los abismos de la cordillera, se internó en la selva como quien entra a una vieja biblioteca donde los libros respiran, y terminó bajando de un camión de ganado en medio de un aguacero, frente a una choza de madera donde el tiempo parecía haberse detenido a fumar tabaco.

 

Allí lo esperaba el Taita Mayor Francisco Piaguaje.

 

No era alto, pero en sus ojos cabía el cielo entero. Lo miró como se mira a un animal extraviado. “¿Pasto?”, preguntó el Taita, y Jorge asintió. El taita murmuró algo en lengua Siona, le ofreció una taza de agua de panela y dijo: “El Yagé es un regalo de papito Dios para los indios y solo para los que los indios inviten, porque es un remedio”.

 

Esa noche, en Buenavista, cuando la luna se escondía entre ceibas milenarias, Jorge bebió la poción. Al principio supo a raíces amargas, como si estuviera tragando los siglos del planeta. Luego vino el vértigo. El cuerpo le temblaba como una antena en la tormenta. Y de pronto, como si un velo invisible se rasgara entre la razón y el misterio, empezó a ver.

 

No con los ojos, sino con el alma.

 

El cielo se volvió un río de colores. Las plantas le susurraban secretos. Los insectos le hablaban. Y en medio del delirio, se sintió enorme, vibrante: un felino, un jaguar. Caminó por la selva con la seguridad de los que saben a dónde van, y rugió con la furia de un trueno recién nacido. Su aliento era vapor de tierra mojada.

 

Entonces comprendió que el bejuco del Yagé contiene el alma del taita y del jaguar, y que ese rugido no era suyo, sino de la selva entera que lo habitaba por dentro.

 

En la madrugada, cuando el fuego ya casi era ceniza, Jorge vomitó su miedo, su tristeza, su arrogancia. El Taita le puso la mano sobre el hombro y dijo: “Dios es tan grande que solo la selva lo contiene”.

 

Al día siguiente, al ver el verde eterno del Putumayo, Jorge supo que ya no sería el mismo. Entre el cielo y la tierra hay más cosas de las que el hombre es capaz de imaginar, y ahora él lo sabía.

 

Regresó a Pasto con la mirada más suave, como si adentro llevara una antorcha encendida. Ya no discutía en los cafés, ni corría detrás de la noticia. Y solo hablaba del Yagé cuando la palabra valía más que el silencio.

 

Porque allí, en ese rincón entre Buenavista y el alma, había vivido lo mejor que le pudo pasar: una comunión con el alma, un viaje hacia sí mismo, un pacto secreto con lo salvaje.

 

Y aunque a veces, por las noches, le volvía el rugido al pecho, él lo dejaba salir despacio, como quien acaricia un recuerdo sagrado.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos



martes, 27 de mayo de 2025

EL REMEDIO DE LA MELANCOLÍA

 

En la casa pintada de cal, al fondo de la calle de las buganvilias moradas, vivía ella, la más hermosa entre las muchachas del pueblo y también la más triste. Desde hacía dos años, que fue cuando se despidió de sí misma una tarde-noche sin decir adiós, vagaba las calles desde su casa a la iglesia y desde la iglesia a su casa, como un alma sin sustancia, como un rezo sin fe.

 

Los vecinos, que al principio se alarmaron por sus llantos matinales, acabaron por resignarse. No era raro, si uno pasaba junto a la ventana abierta, oírla llorar sin consuelo, mientras el agua hervía sola en la cocina y los claveles en la repisa se marchitaban sin que nadie los mirara.

 

Había sentido los pasos casi dormido, alguna vez, su padre, don Jeremías, un jubilado de teléfonos que pasaba las horas en su habitación del primer piso, sentado junto al ventanal, contemplando cómo la tristeza de su hija se deslizaba en forma de hilera por el patio, como una procesión silenciosa. De este modo, ella se mataba inútilmente, sufriendo por algo que posiblemente ni siquiera iba a pasar, algo que ni siquiera podía nombrar.

 

La última vez hasta se puso a llorar en plena misa del domingo, sin motivo visible, rompiendo el sermón del padre Artemio con un sollozo tan hondo que se creyó que la Virgen del altar también iba a llorar. Su rostro amarillento parecía manifestar una enfermedad, pero era solo la falta de sueño, la falta de alma, la falta de remedio. Ella misma lo decía, entre susurros: ya no entiendo la situación en la que he caído. Una tristeza vaga, profunda y permanente que sólo podía tener su origen en el hecho de estar viva sin haber amado nunca.

 

- Sin duda no puedo evitarlo - le confesó una vez a la hermana Laura, que le ofrecía agua de azahares y rosarios benditos -. Es la melancolía la que me lleva y me trae.

 

Y así habría seguido, quizá por años o por siglos, de no haber sido por aquel forastero que llegó sin que nadie lo invitara, con un sombrero polvoriento y una sonrisa que parecía de otra época. Nadie supo de dónde venía, ni siquiera él lo recordaba con claridad. Decía que era caminante, que iba de pueblo en pueblo recolectando historias, aunque no escribía nada. No tenía intenciones de quedarse, pero el mercado lo distrajo.

 

Fue allí, entre los canastos de yucas y los ajíes colgantes, que lo vio por primera vez, recogiendo su mesa de ventas con la lentitud habitual de quien espera que algo o alguien lo detenga. Él la miró como quien encuentra una promesa, y ella lo miró como quien no sabe que sigue viva.

 

Tuvieron solo tres encuentros. El primero, en la plaza. El segundo, bajo el almendro frente a la iglesia, donde él le ofreció una manzana sin decir palabra. Y el tercero, la noche del jueves, cuando la luna pareció quedarse detenida sobre la casa de cal.

 

Esa noche los vecinos no escucharon más su llanto, pero el alboroto del amor no dejó duda alguna de que algo había cambiado. Las paredes retumbaban con un eco que no era de tristeza sino de salvación. La melancolía, esa mujer huesuda que la acompañaba como una sombra, fue expulsada de la casa con el primer gemido.

 

Y cuando el caminante se fue, al amanecer, dejando solo una flor silvestre sobre la almohada, ella volvió a la vida. Regó los claveles, cerró la ventana, cocinó pan dulce, y cuando pasó por la iglesia, ya no rezó por consuelo, sino por gratitud.

 

Solo el amor, el carnal, el físico, puede curar - dijo después, a quien quisiera escucharla -. Lo demás es espera.

 

Jeremías se hizo el sordo ante los arrebatos de su hija, porque mil veces prefería oírla reír que llorar. No le importaban los portazos, ni las carcajadas que subían como estampidas por la escalera, ni los pasos descalzos a medianoche, ni siquiera el canto desafinado que ahora llenaba la casa pintada de cal. Después de todo, era mejor el escándalo del amor que el silencio funerario de la melancolía.

Y así, sentado en su silla de siempre, con la ventana abierta al patio, el viejo telefonista jubilado alzó una taza de café humeante y murmuró, sin dirigirse a nadie: “Al fin volvió la vida a esta casa.”

 

Y nadie volvió a oírla llorar.        

 

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos