martes, 13 de mayo de 2025

REBELDIA

 

Era una de esas tardes en las que el sol parecía haberse quedado dormido en los aleros de las casonas coloniales, rumiando la humedad de los siglos, cuando aquel hombre, a quien nadie había invitado, se detuvo frente a la acuarela del fusilamiento. Nadie supo tampoco de dónde había salido, pero allí estaba, parado frente a los cuadros de Agustín Agualongo, en la galería improvisada de una casa que aún olía a cera y a misa tempranera.

 

La casa misma parecía haberse detenido en el tiempo: muros de adobe pisado, techos con vigas de madera encaladas y un zaguán que rezumaba ecos de alpargatas antiguas. Las acuarelas colgaban en silencio, como si respiraran. La primera mostraba al coronel aún vestido de dignidad, con la camisa blanca inmaculada y la guerrera abotonada hasta el cuello, como si supiera que la posteridad lo miraría con lupa. El pintor, tal vez sin saberlo, había dejado entre las pinceladas un rastro tibio de aliento que el hombre sintió en la nuca, como si el retrato exhalara vida.

 

El segundo cuadro, más crudo, más injusto, mostraba el instante previo a los disparos del pelotón de fusilamiento: Agualongo atado al poste, ya sin uniforme, con la camisa abierta como una herida. Había en esa escena una dignidad más pura que cualquier absolución. Los ojos pintados no miraban al cielo ni a sus verdugos, sino al futuro.

 

El tercero era un lamento hecho luz: el cadáver tendido en la plaza de Popayán, la sangre casi desdibujada por el sol de la tarde, las flores de los balcones como testigos mudos. Un cuadro donde todo parecía vivo, menos el hombre.

 

El visitante no dijo palabra. A su lado, un joven encendía un cigarrillo, y él sintió la necesidad de pedirle uno para calmar el ansia. Poco después, un cura bajito, de sotana reluciente y voz de secreto, se acercó para murmurar que Agualongo murió sabiendo que lo habían ascendido a brigadier general, y que, aun así, rechazó los ruegos de los republicanos para que renunciara a su fidelidad al rey. Ni en público ni en privado. El sacerdote juró - y hasta pareció hacerlo en latín - que lo habían intentado todo, incluso con amenazas del infierno.

 

Fue entonces, y no antes, cuando al hombre le cayó una sombra dentro del pecho. Una sombra caliente. Casi pudo ver los pasos del pelotón, la muchedumbre sudando su miedo, los oficiales ajustándose las charreteras con orgullo idiota. Se vio parado en la esquina donde florecen los geranios, con los puños cerrados y los ojos aguijoneados por una rabia vieja, una que no era suya, pero que lo habitaba como un huésped clandestino. Y en ese instante, decidió que el mejor de los estandartes no era una bandera, ni un himno, ni un discurso, sino la memoria de un hombre que prefirió morir antes que inclinar la cabeza.

 

Nadie supo quién fue el primero que habló de desenterrar a Agualongo. Tal vez fue en una reunión clandestina, o en una esquina donde el aguardiente sabe a pólvora. Pero dos años después, el día del onomástico de San Juan de Pasto, mientras los helicópteros sobrevolaban la plaza de Nariño como gallinazos modernos, un grupo de jóvenes - entre ellos aquel hombre silencioso - irrumpió en la iglesia de San Juan Bautista por los restos del general. La ciudad celebraba, además, el nombramiento de un paisano como ministro de Defensa, el cual había llegado con un contingente adicional de policía y un piquete del Batallón Boyacá en cada esquina.

 

Y sacaron los huesos.

 

No para llevarlos a otra tumba, sino para devolverlos a la memoria. Para que el pueblo - el mismo que había sido obligado a olvidar su nombre - lo viera ahora en alto, como un estandarte viviente. Y fue entonces que, como un eco desde los balcones, como un susurro que nadie dijo, pero todos escucharon, volvió a sonar la frase que partió en dos la historia de Pasto:

 

“De la tierra en que yo muera, surgirá como una espiga, roja y negra, de la pólvora y la sangre, mi bandera.”

 

Allí se unió en la historia con la frase de Jaime Bateman que unos meses antes de morir en un accidente aéreo en las selvas del Darién, llamaba al pueblo a entender que el único camino que nos dejaron era el de: la Rebeldía.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos



domingo, 11 de mayo de 2025

LA ALEGRÍA DE SABER QUE ME PIENSAS


No lo dices, claro.

No eres de esas.

Pero hay días en que algo se mueve,

ligero, como un sobre sin sello,

una taza sin dueño

en el borde exacto de la mesa.

 

Y entonces lo sé.

 

Sé que quizás, sin querer,

abres un cajón y ahí estoy,

una postal sin enviar,

una palabra que te suena a mí

aunque no la digas en voz alta.

 

Y eso basta.

 

No necesito la frase completa,

ni que pongas mi nombre en medio de la tarde.

Me alcanza ese pequeño temblor

cuando recuerdas que aún guardas

mi número en el teléfono.

Que no lo has borrado.

 

La alegría no es ruidosa.

A veces es una cuchara en el fondo de un vaso,

una sombra que se queda más tiempo

en el pasillo.

 

Y si tú piensas en mí, aunque sea un momento,

aunque después sigas doblando la ropa

como si nada,

aunque no lo anotes,

aunque no lo digas a nadie,

yo lo siento aquí,

como se siente la lluvia antes de que caiga.

 

Y por un instante - uno solo -

no me falta nada.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos



miércoles, 7 de mayo de 2025

GUERREROS DEL JAGUAR

 

Somos guerreros del jaguar,

no por la fuerza bruta,

sino por la mirada

que atraviesa la noche

y escucha el susurro del bosque.

 

Nuestra piel lleva mapas antiguos,

dibujados con ceniza y canto.

Nuestros pasos no conquistan,

acompañan.

No herimos la tierra,

la honramos como madre.

 

No empuñamos armas,

sino memoria.

No levantamos muros,

levantamos palabras

como antorchas

en medio del miedo.

 

Guerreros del jaguar:

no dormimos del todo,

porque el mundo sueña por nosotros.

Y aunque nos arranquen la selva,

la selva vive en nosotros

como un corazón que no olvida.

 

Luchamos sin odio,

con el amor indómito

de quien cuida lo que ama

hasta el último aliento.

Porque defender la vida

es la forma más sagrada de rezar.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos



lunes, 28 de abril de 2025

TERRITORIO


 

Te amo por claridad, por sombra, por el destello cierto entre las nubes o por la lánguida luz de la noche sin estrellas. Te toco en corredores de ventanas pequeñas, donde la luz cae a trozos, como lluvia o como pedazos de granizo que nadie osa tocar.

 

Te discuto con el olvido en cada grieta del día; te arrastro en el vaho que empaña la boca del río. Te salvo del abismo, de la noche sin luna, de la tarde sin canciones de pájaros o de la lluvia sin nostalgias.  

Te desarmo con dedos que no rozan, te dibujo con polvo de ramas quebradas, te nombro con palabras hechas de menta y sed.

 

No quiero atraparte, tampoco dejar que te vayas sin pena ni gloria. Quiero ser la grieta por donde entras, la hendija de tiempo sin vernos, de pasiones inventadas, de abrazos apagados cuando nos llega el sueño.

 

Mira la niebla: cómo aprende a desnudar los montes sin hacer preguntas. 

Mira el musgo: cómo crece donde nadie mira, suave y temblando. 

Así te deseo: como se desea el agua antes de la sed, como se buscan las constelaciones debajo de los párpados, pensándote cerca, así estés lejos.

 

Toda esta mañana te he inventado sobre la piel del mundo. Te borro para volverte a crear, te rehago y te dibujo en mi mente, te pierdo y te vuelvo a encontrar en una esquina de algún lugar donde comíamos un chocolate y nos contábamos historias sin que importara el tiempo. 

Eres el pretexto perfecto entre la lumbre y la ceniza, entre la historia y el cuento. Y entonces te sigo buscando, en la curva del viento, en la gota que cae y no se rompe, en el destello donde el relámpago olvidó su raíz.

 

Te amo. Te amé antes de saber tu nombre. Te amaré cuando ya no queden nombres, sólo rumor, sólo preguntas, sólo esta fiebre callada que, aun en la muerte, me incendiará los huesos.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos



 

lunes, 21 de abril de 2025

EL FUEGO QUE NO HACE RUIDO

(El amor que jamás murió porque nunca necesitó nacer del todo)

 

Nadie sabe con certeza cuándo comenzaron a amarse, ni si en verdad lo decidieron o si fue el destino - ese pájaro invisible que a veces canta sin que nadie sepa de dónde viene - quien los empujó uno contra el otro con la suavidad de las lluvias de noviembre.

 

Él tomaba café desde antes de que amaneciera y ella acomodaba la manta con el mismo cuidado con que las abuelas arropan a los nietos que ya se han ido. En aquella casa donde los relojes se atrasaban por nostalgia, la ternura respiraba bajito, como un gato viejo que aún sueña con cazar mariposas.

 

Nunca se regalaron flores, ni una sola. 

Ella, sin embargo, llegaba cada tarde con una piedrita lisa en el bolsillo, como si el camino la escogiera para depositar en sus manos la historia geológica del amor. Él las guardaba en una caja de madera junto a la cama, convencido de que en algún tiempo lejano, cuando la humanidad olvidara cómo se dice “te amo”, alguien abriría esa caja y sabría traducir el idioma mineral del afecto.

 

Hacían el amor como se reza frente al mar: con respeto, con asombro y con una lentitud que no era de este mundo. Cada caricia pasaba primero por la memoria, luego por el deseo, y finalmente llegaba al cuerpo como una promesa cumplida. Era un amor que no necesitaba desnudos: bastaba con el roce de las miradas para que el cuarto se llenara de resplandores tibios y el aire se espesara con el perfume de las estaciones.

 

Una noche de julio, mientras la lluvia bailaba en los tejados, ella le dijo sin mirarlo: 

- No me hables. 

Y él comprendió - como si lo hubiera leído en un libro sagrado escrito en lengua de abejas - que el silencio también es una forma de quedarse. Desde entonces, dejaron de hablarse con palabras y comenzaron a decirlo todo con gestos que solo ellos entendían: un parpadeo lento, un dedo sobre la sien, una cucharita olvidada en la taza.

 

Vivieron así durante años que pasaron como siglos y también como segundos. 

Nadie los fotografió. Nadie los escribió en las canciones. Pero cada noche, justo antes de dormirse, ella le rozaba el brazo con la yema del índice, apenas, como si afinara una cuerda invisible que los mantenía tocando el mismo sueño. Y él se dormía convencido de que así debía sentirse el mundo cuando gira bien: como un corazón que no hace ruido, pero sigue latiendo en secreto bajo la tierra.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos
Fabio Martínez https://www.facebook.com/photo/?fbid=992063528983003&set=a.988500816005941



sábado, 19 de abril de 2025

CARTAS DE AMOR 45

Señora bonita,

 

El amor humano - ese que huele a la tierra después de la lluvia, a raíz expuesta, a sábanas húmedas de selva-  no pide llaves ni ruega entrada. Viene con el viento caliente del mediodía, ardiendo. Viene con la fiebre de los frutos que maduran rápido, sin permiso ni tiempo, y se pudren si no se comen a tiempo.

 

Es un dios antiguo, de barro y trueno, que exige sacrificios a plena luz, con los ojos abiertos y la carne temblando de memoria. 

 

Nos desvestimos como quien inicia un ritual en un santuario en llamas: sabiendo que el alma puede arder, pero igual entramos, sin más defensa que el deseo. Y en ese fuego donde sus dedos trazan caminos sobre mi pecho, yo me abro como flor de páramo al sol breve: le entrego mi cuello, mi vientre, mi lengua - mi miedo entero-  como una hostia rojiza, aún palpitante, que solo conoce un credo: el goce.

 

Su espalda es mi vía de tierra roja. 

Sus gemidos, mi salmo nocturno. 

En usted me pierdo como río entre helechos. 

 

En cada encuentro, el cuerpo se va muriendo, se va volviendo aire y raíz. Y cuando el deseo se quiebra en sus bordes, cuando no hay más carne que pueda clamar, entonces ocurre: la pequeña muerte, el estremecimiento, la última campanada.

 

Morimos. Sí. Como se muere el sol tras la montaña, dejando el cielo encendido. Y justo ahí, cuando todo es temblor y el mundo es solo respiro, llega el milagro.

 

Renacemos. 

Con el sudor como agua bendita y la risa como única misa. 

No hay cielo más alto que el de su pecho al dormirse. 

No hay resurrección más cierta que el abrazo tras la tormenta.

 

Nos miramos, deshechos y completos, como dos hojas caídas que aún tiemblan por el viento. 

Sabemos que mañana volverá el fuego, que otra vez nos alzará la fiebre.

 

Porque este amor no se aprende: 

Se siembra. 

Se sangra. 

Se consuma. 

Y vuelve.

 

Suyo para siempre.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos



 

miércoles, 16 de abril de 2025

EL HILO AZUL


El punto de cruz, hecho con hilo azul por su abuela en los calzoncillos blancos, fue lo que lo salvó del olvido. 

No del crimen. 

No del silencio. 

Del olvido. 

 

Carlos estuvo veintidós días desaparecido. Veintidós. Una cifra breve en el calendario, pero suficiente para hacer eterno el dolor de una madre que clava los ojos en la puerta como quien busca milagros en la madera. 

Digo poco tiempo porque, por lo general, los desaparecen para siempre, o los dejan en un lugar de fácil encuentro, como golpe de terror para quienes siguen vivos.

 

“Desaparecido.” 

Así lo nombró el poder, esa máquina de tragarse el alma y escupir miedo. 

Desaparecido como se evapora el rocío al sol, pero no por el sol, sino por la sombra. 

 

La tarde en que se lo llevaron, él bromeó. 

Dijo: “Que alguien le lleve un café a los tiras apostados al frente”, esos que, sin uniforme, vigilaban las ideas que no les cabían en la cabeza. 

Y luego fumó un cigarro con la lentitud de quien aún no sabe que ya está condenado. 

 

Ese día, el abrazo fue distinto. 

Más largo. Más cálido. 

Como si el cuerpo supiera lo que la mente no se atrevía a pensar. 

Como si el corazón - siempre más sabio - dijera su adiós en un idioma que solo después se entiende. 

 

Los días se pasaron como en cámara lenta. 

El primer día sin él fue un castigo sin nombre. 

El segundo, una herida que no paraba de supurar. 

El tercero, una libreta manchada de sangre. Una pared también manchada. 

 

Tomamos fotografías de prisa, como quien quiere atrapar la verdad antes de que los buitres del Estado la devoren. 

 

La última nota, para su madre: 

“Mamá, no creas que yo no me acuerdo de tu cumpleaños el próximo sábado.” 

Y un corazón. 

Y una carita feliz. 

 

En la oficina del coronel, el cinismo tenía traje planchado. 

Aseguró investigaciones exhaustivas, indagaciones de rigor. 

No sin antes insinuar que el señor García tenía “amistades peligrosas”, y preguntar - con la lengua envenenada - si ya habíamos investigado nosotros antes, para no saturar el aparato investigativo del Estado. 

 

Peligroso era decir lo que se pensaba. 

Peligroso era no tener miedo. 

Carlos, entonces, era eso: peligro. 

Peligro con nombre y apellido. 

 

A los cinco días, el barrio hizo misa. 

Cantaron canciones de la misa campesina nicaragüense, esas que a Carlos le hacían brillar los ojos. 

Y todos, incluso los más devotos, sabían que, si Cristo bajaba, también lo iban a desaparecer. 

 

El día quince llegó el cartel: 

“Carlos García. Desaparecido. Reclamado vivo. Porque vivo se lo llevaron.” 

 

Pero el Estado no entiende el idioma de los carteles, ni de las madres, ni de las canciones. 

Solo entiende el idioma del miedo y las balas. 

Martha nunca fue su novia. 

Pero lo amaba con esa rabia dulce que tienen las mujeres cuando saben que su amor no necesita papeles ni permisos. 

 

Marchó con su fotografía entre las manos, y cuando vinieron los antidisturbios, defendió ese retrato como quien defiende la memoria de los pueblos enteros. 

Salió golpeada. 

Salió empapada. 

Salió más fuerte. 

 

Cuando llamaron de la morgue, nosotros ya no llorábamos. 

Las lágrimas se habían convertido en rabia. 

Salimos con Martha, con Juan, y con el abogado Martínez, un muchacho recién egresado de la facultad de Derecho, que nos había acompañado durante los últimos meses y era muy cercano a Carlos. 

 

Carlos estaba ahí. 

Desfigurado. 

Tres balas en la cara. 

Los dedos machacados. 

 

Solo un cuerpo con calzoncillos blancos bordados con hilo azul por su abuela, y una cicatriz en la rodilla izquierda. 

 

La abuela los había cosido con amor, para que no se confundieran con los de su hermano Juan; sin saber que ese hilo sería la última hebra que lo atara a la vida, al recuerdo, a la última despedida. 

 

Así reconocimos a Carlos. 

No por el rostro, que ya no era suyo. 

No por los dedos, que ya no eran dedos. 

Sino por el hilo. 

Ese hilo azul que no pudieron desaparecer. 

 

Porque al final, eso es lo que somos: 

Hilos. 

Memoria tejida. 

Y, a veces, eso basta para que la verdad no se pierda. 

 

Porque no pudieron desaparecer el amor. 

Ni el abrazo. 

Ni la rabia que aún camina con carteles, con cantos, con la memoria que defendemos con uñas y con dientes. 

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos