viernes, 4 de abril de 2025

MIS LETRAS


Mis letras son tuyas, 

como la lluvia que desciende sin pedir permiso, 

que toca la tierra con la inocencia del deseo, 

y se hunde honda, 

hasta despertar la semilla. 

 

Son tuyas, 

porque vinieron de un lugar sin nombre, 

del barro antiguo de mis días, 

del silencio que deja la marea 

cuando se retira, 

y todo lo que queda es sed. 

 

Vinieron por las grietas de mi piel, 

por los sueños que se abren 

como flores en el insomnio. 

Las palabras no son mías, 

solo soy una boca por donde pasan, 

una vela temblando en tu soplo. 

 

Tuyas las que saben a río, 

a musgo fresco, 

a sendero que nunca pregunta a dónde va. 

Yo no escribo, amor, 

escucho. 

Recojo lo que el viento me deja 

cuando pasa rozando tu nombre. 

 

Mis letras son tuyas, 

como es tuyo este silencio 

que se posa sobre mí al caer la tarde, 

y me muerde los labios 

cuando intento decirte 

y solo contesta el eco. 

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos 



jueves, 3 de abril de 2025

AMADA


Desde el día en que nació este amor, con la luna revuelta en los ojos y el corazón cosido con hilo de imposibles, supe que era un asunto de arenas movedizas. Te prendiste en mi alma oliendo a viento salado y a café recién colado, pero sin que nadie pudiera tocarte más allá de la piel, como si la ternura fuera una quimera que solo se le ocurría a mi corazón enajenado. 

 

Este amor nació en mi alma llena de aguaceros y en mis manos sucias de mundo, con la urgencia del que ha amado demasiado y ya no sabe vivir sin dejarse la vida en el intento.

 

Te busqué en las esquinas de la madrugada, en el eco de los boleros tristes, en las brisas que arrastraban tu olor a tamarindo y mandarina dulce. Y tú, intacta. Inmune al deseo, con esa frialdad de las estatuas que nadie adora, con la soberbia de las diosas que no han probado el abismo. 

 

Te nombré en cada gemido de la tierra mojada, en el temblor de las noches donde el insomnio es un amante cruel. Pero tú seguías ahí, dura como la piedra, intacta como un juramento sin sangre. 

 

Me fui mil veces y mil veces volví, porque el amor es testarudo y se aferra hasta a los clavos oxidados. Pero en algún punto de la historia, supe que hay batallas que no se ganan ni con pólvora ni con promesas. 

 

Así que me fui. Me fui con la verraquera del que sabe perder, con la desfachatez de quien ha dejado el corazón tirado en la puerta de otro y se marcha silbando una canción. 

 

Y mientras me alejaba, una certeza me golpeó la espalda como una pedrada: algún día, sin aviso ni remedio, el amor te va a tocar la puerta. Y cuando eso pase, vas a saber lo que es estar del otro lado de la historia. 

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos 


Fotografía Darwin Córdoba

miércoles, 2 de abril de 2025

YARUMALES


Después del bombardeo 

resurgió nuestra risa, 

como río que no acepta fronteras, 

como boca que besa a pesar del miedo. 

 

Desde la trinchera 

nos crecieron alas, 

hambrientas, firmes, 

dibujando futuro en la piel herida. 

 

Y salimos, 

con ceniza en los labios, 

con el cuerpo ardiendo de ganas, 

a pintar otra vida 

sobre las ruinas del olvido.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos


Carlos Pizarro Leongómez y Gustavo Petro Urrego

martes, 1 de abril de 2025

PORQUE SIEMPRE HABRÁ UN ABRIL


Te abrazo con furia, 

con urgencia, 

con el cuerpo que se niega

a ser trinchera vacía. 

 

Uno, dos, tres… 

diecinueve veces tu piel es mi frontera, 

mi barricada en llamas, 

mi himno escrito en sudor sobre tu espalda. 

 

Siempre habrá un abril 

para volver a incendiar la historia, 

para arrancarnos la piel con las manos, 

para desatar la guerra en la cama 

y rendirnos solo cuando el mundo se derrumbe. 

 

Que tiemblen los muros, 

que se abran los labios como estallidos, 

porque este amor no se esconde, 

no pide tregua, 

no se calla. 

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos

Óleo de Tarmeño Fernandez Villalba

lunes, 31 de marzo de 2025

AMOR DE LOCOS


Esto no es amor. O tal vez sí, pero no como lo cuentan. No es de los que se escriben con letra cursiva en los almanaques ni de los que caben en tarjetas de colores. Este amor se esconde en la piel, en la respiración que cambia de ritmo sin que uno lo note. Se trepa en los pulmones y estalla en la sangre, como un incendio que no avisa. Algo que se escapa de los dedos y te llena de mariposas o de hormigas o de rayos que te atraviesan.

 

Sus dedos rozan mi piel y el mundo, obediente, se calla. No hay ciudades, no hay semáforos, no hay relojes. Solo su respiración que me llega en ráfagas y me hace cerrar los ojos, el eco de su aliento resbalando en mi cuello, como un verso que se dice en otro idioma, en uno que solo entienden las pieles que se buscan. Entonces el amor es eso, un eco caliente en el cuello, un verso que no necesita palabras.

 

Nos reiremos de esto algún día, si es que algún día dejamos de arder. Porque este amor no sabe quedarse quieto. Se escapa por los poros, se confunde con la hierba, se alimenta de pretextos absurdos para seguir creciendo. Es un amor que no pide permiso, que se suelta de las manos y se convierte en lluvia, en viento, en carcajada suelta en medio de un aguacero. 

 

Y cuando me besa, el mundo olvida su nombre. Y cuando la acaricio, la tierra cambia de eje. Y cuando nos miramos, ya no hay dos, hay un vértigo, hay un abismo. Es cosa de locos. Da miedo, sí. Pero qué importa el miedo cuando vivir sin esto sería como morirse en cámara lenta.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos


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domingo, 30 de marzo de 2025

LLUVIA DE ABRIL

 

La ventana está abierta, pero el viento no entra. Se queda ahí, espiando desde el umbral, es apenas una caricia en la piel. Afuera, el aguacero aún no nace, pero ya lo presiente la tierra, que se arquea y respira hondo. En el aire flota el olor de la lluvia antes de la lluvia, la promesa húmeda que enreda los sentidos.  

 

Estoy aquí, mirando sin mirar, atrapado en la espera de un cielo que se quiebra, de una tormenta que todavía no sabe si caer o quedarse suspendida. Como aquel instante, como tu boca entreabierta antes de la risa, como tus ojos encendidos en la penumbra del cuarto desordenado.  

 

Y ahí estás otra vez: tus manos sobre mi pecho, la sábana aferrándose a tu espalda, la piel tibia, tranquila, dueña del tiempo. Te busco en ese instante detenido, en la risa que se enciende y se apaga, en la forma en que nuestras caras se encontraban en la almohada, donde el silencio era un idioma y el descanso una celebración.  

 

Te pasaba la mano por la cara y sonreías sin abrir los ojos. Éramos felices y no lo sabíamos. 

 

El aire pesa, el aguacero todavía duda. Suspira el cielo, como yo. Afuera, las nubes oscurecen el mundo, pero las gotas siguen aferradas a su vértigo, todavía negándose a la caída.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos



martes, 25 de marzo de 2025

EL TIEMPO DEL DESEO


Nadie en la oficina podía decir con certeza cuándo había comenzado, pero lo cierto es que el deseo entre ellos flotaba entre los escritorios como un perfume secreto, adherido a los informes, a las tazas de café compartidas, a los roces invisibles que se perdían entre el murmullo de las teclas. Él, con el divorcio aún fresco en la piel, con las noches demasiado frías en una cama demasiado grande. Ella, casada, sí, pero con un matrimonio que se había convertido en un calendario de obligaciones, en un intercambio de horarios y silencios. 

 

Y en medio de todo, ellos dos. 

 

Aquel día, la reunión transcurría con la misma monotonía de siempre. Se hablaba de presupuestos, de fechas, de estrategias. Pero entre ellos, entre sus miradas furtivas y los silencios que llenaban los espacios, se hablaba de otra cosa. 

 

Él la miraba como un hambriento frente a un festín prohibido. Su boca, su cuello, la línea suave de su clavícula bajo la blusa. Ella sabía que él la miraba, y se dejó mirar. Deslizó la pierna con descuido, rozando la suya. Fue un roce breve, imperceptible para los demás, pero lo sintieron como un relámpago recorriéndoles el cuerpo. 

 

Se habían desnudado tantas veces en la imaginación, que el aire mismo parecía contener la vibración de un conjuro a punto de cumplirse. 

 

Él imaginó su mano deslizándose bajo la mesa, subiendo lenta, descubriendo secretos que solo el tiempo y la espera habían hecho más intensos. Ella siguió asintiendo a las palabras del jefe, como si entendiera, como si su cuerpo no se estuviera derritiendo ahí mismo. 

 

Cuando terminó la reunión, todos se levantaron sin sospechar la tormenta que se avecinaba. Se quedaron de últimos, como quien finge olvidar un documento, como quien espera un descuido del destino. 

 

—No te vayas todavía —susurró él, y la frase fue un ruego que cerró todas las puertas del mundo. 

 

En menos de un minuto, la tenía contra la pared del pasillo, con el deseo acumulado en los huesos, con las manos trazando caminos largamente postergados. El aire era espeso, la oficina se volvía un bosque encantado donde nadie más existía, donde solo quedaban dos cuerpos que al fin se encontraban después de años de espera. 

 

Las luces fluorescentes titilaban sobre ellos, y en la vibración de la bombilla, en el murmullo lejano de las teclas aún activas, en el roce de su aliento contra su piel, todo el universo pareció detenerse. 

 

Cuando finalmente se separaron, ella alisó su falda con dedos temblorosos, él sonrió con la certeza de un marinero que al fin toca tierra firme. 

 

—Nos vemos en la próxima reunión —susurró ella, y el hechizo quedó suspendido en el aire, flotando entre los escritorios, esperando volver a cumplirse. 

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos