lunes, 14 de octubre de 2024

CARTAS DE AMOR 41

Señora hermosa,

 

La he sentido en la penumbra de este valle de sombras y silencios, donde cada rincón se vacía de luz, como un bosque al caer la niebla. No está, y la ciudad parece ahora un suspiro que muere despacio. ¿Qué es el amor si no es verla, como se ve un río en la distancia, fluyendo siempre hacia dentro, hacia el alma? Aquí quedo, en esta certeza de sombras: aprender a vivir sin el brillo de sus ojos, sin las huellas que deja en cada rincón de mi espíritu.

 

Usted se ha ido metiendo en mi ser como las historias antiguas, aquellas que contaba mi abuela, de fantasmas que cruzaban las casas con paso leve, dejando apenas el eco de sus pasos en la madera. Se convierte en el hilo de la memoria, en el roce suave que no pide permiso, y en el silencio que queda después, cuando el día amanece solo y el aire está lleno de su ausencia.

 

Mis sueños ahora la guardan como a un secreto, como si fuera esa gata de seda y armiño que recorre mis noches en un susurro, un ángel hecho de gracia que jamás se pierde en el tiempo. Usted se desvanece, en un destello, cuando abro los ojos, y me deja con la última imagen de sí, suspendida en la penumbra de una madrugada que se alarga.

 

Deja en mí, amor mío, esta historia que se guarda en el silencio, un eco de aquello que fue, de lo que sigue siendo y de lo que aún me acompaña en la sombra.

 

Con el eco de sus pasos,

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos



 

 

  

domingo, 13 de octubre de 2024

EL SUEÑO DE UNA PATRIA Y LA LUCHA POR SU DIGNIDAD

El Sueño de una Patria y la Lucha por su Dignidad

 

Dicen que en Colombia los hombres de leyenda nunca mueren, aunque sus cuerpos sean enterrados y sus nombres olvidados por quienes escriben la historia oficial. Iván Marino Ospina, el Comandante Felipe, no pidió permiso para soñar un país distinto. Su patria no era un tesoro de oro para repartir en festines ni un botín para la codicia de unos cuantos, sino una tierra que debía agrandarse en dignidad, una herida abierta que, alguna vez, alguien habría de sanar.

 

Nació en Roldanillo, creció entre Tuluá y Pereira, y fue un hombre moldeado por las montañas que acunan el centro de Colombia. A Iván Marino, la tierra lo parió con los brazos dispuestos a la lucha y los pies bien plantados en el suelo fértil. Él, como tantos otros, eligió un camino donde las palabras y las balas compartían el mismo espacio, un camino que, desde el M-19, cruzaba las sendas de la resistencia. En su andar, enfrentó a los poderosos, y fue capturado y llevado a las Cuevas de Sacromonte, en la Escuela de Comunicaciones del Ejército, donde el país se le mostró en su faceta más oscura: una patria que tortura a sus hijos, los maldice, les arrebata la piel y la voz.

 

En esas mazmorras, donde la noche era densa y los gritos de otros se escuchaban como eco del propio dolor, Iván Marino conoció el límite de la resistencia humana. Lo golpearon, lo quebraron, y en algún momento de desesperación intentó tomar la salida final, como si un acto de muerte propia fuera su último grito de libertad. Pero algo más fuerte que la oscuridad lo sostuvo. No sería fácil apagar la chispa de su espíritu.

 

Seis meses después, burló los barrotes y la vigilancia. Vestido de mayor del Ejército, como si su uniforme fuera un disfraz de ironía, escapó de La Picota junto a Elmer Marín. No solo era una fuga; era el acto de un hombre que había decidido vivir sin cadenas, un símbolo que rebotó en cada rincón de Colombia. Al salir de la cárcel, Iván Marino cruzaba, una vez más, el umbral entre la vida y la muerte, entre la opresión y la libertad, y esa vez, era libre.

 

En 1983, el destino lo llevó a Madrid, donde se sentó frente a Belisario Betancur. Allí, junto a Álvaro Fayad, Iván Marino sostuvo la paz entre sus manos, como quien toma una frágil rosa que amenaza con deshacerse. Fue un intento, una tregua, un susurro que se cristalizó en los Acuerdos de Corinto,El Hobo y Medellín de 1984. Por un momento, la paz pareció posible, como un milagro que se asoma apenas al borde de la noche.

 

Pero en este país, los sueños de paz siempre llevan fusiles en la espalda, y así fue en agosto de 1985, cuando el Estado lanzó el operativo "Oiga caleño, vea", un operativo de aniquilamiento financiado y ordenado por los representantes de la oligarquía vallecaucana. El barrio Los Cristales de Cali despertó con el estruendo de las balas, y la casa donde se hallaba Iván Marino fue sitiada. La madrugada del 28 de agosto fue su última hora, junto a su guardaespaldas y a su hijo, Gerardo Ospina. Cayeron, y con ellos cayeron cuatro civiles, arrastrados por un conflicto que, como un río, se llevaba vidas y sueños.

 

Iván Marino Ospina se fue, pero su historia, sus cicatrices y su fuego quedaron marcados en la memoria de Colombia. No como un mártir de los libros oficiales, sino como una prueba viviente de que esta tierra no es un pedazo de barro para el antojo de los poderosos. Su vida fue un grito, un llamado, un eco que pide que algún día, Colombia pueda levantarse sobre sus ruinas, y encontrar, en algún rincón de su historia, la dignidad perdida.


En esa lucha sin descanso del M-19 y en ese combate hasta la muerte cayó Iván Marino Ospina, que jamás se equivocó frente a sus enemigos ni con su pueblo, al que en Corinto convocaba a la búsqueda de la paz: “Es la hora de los pueblos, del paso erguido de todos. Es la hora de dialogar, de buscar todos, el camino a la paz y encarar con dignidad, realismo y audacia la crisis de Colombia. El M-19 cumplirá”

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos

Comandante Felipe
Corinto Cauca


EL PODER DE LA PALABRA

El poder de la palabra

 

La palabra es un árbol gigante que murmura en el corazón de la montaña. Sus raíces, hundidas en los misterios del suelo, despiertan a los que duermen, y de sus ramas cuelgan nombres que alguna vez fueron aire y canción. La palabra es madre de todas las cosas, sin dueño y sin ataduras; llega suave, como un susurro que se posa en la boca, teje puentes invisibles sobre abismos donde los pies aún temen andar.

 

Es un eco de viejas tormentas, la voz que llama desde las sombras, el rastro de quienes ya no están. Va como el agua entre las piedras, siguiendo el curso secreto de cada alma, dibujando senderos en tierras extrañas, haciéndolas suyas. Y en el centro de cada pecho, planta su semilla, una promesa que el viento acuna.

 

La palabra es camino y aire; se derrama en todo lo que fue y será, y nos guarda de la deriva en la vastedad de los días desiertos. En su hálito somos más que sombras errantes, y en su abrazo hallamos abrigo, un hogar del que nadie puede arrancarnos, donde el silencio cede, por fin, a la vida.

 

Y en esa hondura donde mora la palabra, laten los nombres de los que faltan, sus rostros tejidos en la niebla de cada amanecer. Allí, en el eco de las raíces, nunca mueren; allí sus voces son hojas, su memoria es la savia que aún florece en el árbol del mundo.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos

Óleo sobre lienzo
Darwin Córdoba


viernes, 11 de octubre de 2024

VLAD EL DRAGÓN

Vlad el dragón

(Morir de amor a cada amanecer)

 

Él la miraba y el tiempo se hacía trizas. Habían pasado cientos de años, o quizá sólo un parpadeo, desde aquel primer encuentro en una noche sin nombre, cuando sus miradas se reconocieron en un idioma que no necesitaba traducción. Desde entonces, cada vez que sus cuerpos se encontraban, era como un relámpago que partía el cielo, un choque de piel y deseo, como el primer susurro de los dioses, el roce de dos mundos olvidados que volvían a la vida.

 

Ella cargaba su historia a cuestas; él, la suya. Pero cuando reían juntos o cuando ella lo miraba - ¡ay, la luz de esos ojos! - él sentía que todo lo que alguna vez creyó verdadero se reescribía en cada chispa de esa mirada. Entre el murmullo de promesas jamás dichas y palabras que nunca se dirían, él la amaba. La amaba hasta los huesos, en el silencio de quienes aman sin licencias, sin destino claro, como dos piezas destinadas a perderse en el mismo abismo.

 

Cada noche era un viaje sin retorno. Se entregaban como si no existiera regreso, hundiéndose uno en el otro hasta la última gota, hasta el eco final de sus latidos. Y cada noche, antes del amanecer, él moría de amor. Morir de amor a cada amanecer: esa era la única forma en que sabía amarla. El amor renacía obstinadamente, como las mareas que no se rinden, y él sabía, en la profundidad de sus huesos, que perderla sería como perder la propia piel, como quedar desnudo ante un sol implacable.

 

Nunca hubo razón para lo que vivían. Tampoco palabra alguna que pudiera contener la magnitud de ese amor feroz, un amor que llevaba entre pecho y espalda, como un tatuaje invisible e indeleble, una certeza de fuego que no necesitaba pronunciarse. Porque a veces, las palabras de los hombres no alcanzan, no logran apresar la verdad brutal de lo que siente el alma cuando la vida, por un instante o por una eternidad, decide enseñarte el rostro del amor.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos



jueves, 10 de octubre de 2024

MIENTRAS TE ESCRIBO

Mientras te escribo


No sé qué hacer conmigo mientras te escribo. Las palabras se abren como caminos en la niebla, como ríos que buscan la sombra de tu rostro en la distancia. Este anhelo pesa como un bosque húmedo bajo la lluvia; es el deseo inconfesable de sentir tu mano, de entrelazarme a ti como raíces que buscan, en la oscuridad fértil, la certeza de un abrazo. Imagino tu cuerpo, como la noche sobre el valle, un refugio que al mismo tiempo me arrastra hacia el abismo. Tu boca en mi boca, un respiro que se disuelve en la penumbra, un solo aliento que parece abarcar el mundo. Podría besarte hasta que todo pierda su forma, hasta que los labios se vuelvan tierra y las palabras se evaporen como el rocío. Y, si te rompieras en mis brazos, recogería cada fragmento de ti, paciente, para volver a darte forma, para regresarte en la exactitud con que habitas mis sueños.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos




martes, 8 de octubre de 2024

MONTAÑA ADENTRO

Montaña adentro

 

En mi alma, la tristeza agita sus alas, como un cielo gris que pesa sobre la tierra. Contemplando la montaña, donde el viento acaricia los picos, mi corazón se siente marchito, como una flor que se deshoja al caer la tarde. Los árboles, testigos mudos, murmuran suspiros de amores que se perdieron en el tiempo, y en cada sombra, un sueño se oculta, una ilusión que se desliza, como el rocío que se evapora al amanecer.

 

El viento, suave y melancólico, susurra entre las hojas tu nombre, y su canto se torna lamento, una canción de soledad que reverbera en mi ser, profundo como un eco de tiempos lejanos. En el bosque, los senderos se bifurcan, cargados de historias olvidadas; cada paso que doy deja una huella en el polvo de mis recuerdos, como un susurro que se lleva el aire.

 

Los ríos, serpientes de plata, arrastran fragmentos de tu esencia, mientras el sol se oculta detrás de los picos afilados, dejando caer un manto de sombras que me envuelven. En esta soledad de verdes y grises, hallo la esencia de lo perdido, el latido de un mundo que avanza, indiferente a mis lágrimas, un mundo donde tú no estás.

 

Así, en la montaña, donde el silencio se adorna de misterio, descubro que la tristeza es, a su manera, una forma de amor; un abrazo de la naturaleza que me envuelve y me impulsa a buscarte hoy más que nunca, como si el eco de tu voz aún resonara en los susurros del viento.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos



 

HOMBRE DE BARRO

Hombre de barro


Los árboles de mi infancia aún me recuerdan. Son sombras calladas, sepultadas en el silencio vasto de la tierra, como secretos que solo el viento y la noche saben descifrar. Ellos guardan un tiempo que no se ha ido, que se queda dormido en el eco de las hojas que crujen, en la raíz que persiste bajo el barro de mis pasos. Los busco con la nostalgia de quien nunca los dejó atrás; toco sus cortezas ásperas y en cada surco encuentro un susurro, un retazo de una historia que no puedo recordar del todo, que me envuelve con su aliento de tierra húmeda y rocío.

 

Hay momentos en que el mundo calla, en que todo se desvanece para dejar sitio al murmullo que emerge desde lo profundo, un susurro de raíces y piedras antiguas. Y en ese instante, entiendo que las raíces son caminos hacia el centro del silencio, y que es la tierra la que, desde su paciencia inmensa, se alza para hablarme, como si me reclamara para su vida sempiterna, para sus memorias de sombras y de agua.

 

Mis manos, humildes, se extienden hacia el cielo que ahora se inclina sobre mí, hacia ese azul que se cuela entre las ramas en un abrazo. Entonces, soy raíz y también hoja; soy la sombra que se dibuja en la tierra y el eco que busca la noche, una huella que apenas toca el polvo y se pierde en el susurro eterno de la montaña. Soy de barro.

 

Jorge Alberto Narváez Ceballos

 

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