martes, 25 de marzo de 2014

EJECUCIÓN























Purificado de todas las amarguras que traía como lastre de sus últimos días, con la mirada altiva y las palabras seguras, Juan Agustín camino el último trecho de su vida. Implícita la fuerza de su palabra aún en el silencio, los pasos firmes y un halo que recubría su cuerpo que muchos de los presentes atribuyeron a su fuerza interior y otros, sobre todo sus verdugos, al choque natural de la luz solar sobre su camisa blanca o sobre las borlas y los botones dorados de su casaca de oficial de un ejercito derrotado y de una causa que debía ser proscrita de la faz de la tierra.


Lo que se fusilaba no era su tozudez de defender un Rey o una religión como lo hicieron conocer para la posteridad sus captores, pues esa era su misma idea de la vida, de la razón de ser de una sociedad colonial y clasista, donde cada quien debía ocupar el lugar y desempeñar las funciones para las cuales Dios lo colocó en el mundo; la causa abominable por la cual debía ser ajusticiado este hombre era haber levantado la pobrecía, la indiada y los negros insumisos contra los blancos de la tierra que debían, por gracia del señor, dominar y gozar de estas tierras y todos sus frutos, incluyendo negros, indios y campesinos.


Era difícil imaginar que un hombre de tez cobriza, curtida por el sol andino y por la humedad de la selva, de baja estatura, cuerpo grueso y de manos grandes, haya sido el causante de tantas humillaciones a los soldados de carrera que otrora fueran sus camaradas de armas, oficiales de altos rangos que habían sido oficiales del ejercito realista, a diferencia del cuerpo de oficiales de Bolívar que en su gran mayoría habían recorrido con él todo el trayecto de esta guerra, ellos, los oficiales neogranadinos y sobre todo los payaneses, eran de cunas de abolengo que hasta hace poco gritaban y confesaban su devoción por el Rey de España y por la gracias de Dios que lo había puesto en el trono.


La pelea de sus captores era otra, estaban hoy en el bando triunfador por la necesidad de mantener sus posesiones, su hacienda y su estatus en la sociedad de la naciente Republica, por eso el odio exacerbado contra el indio Agualongo y más aún ahora que había llegado la noticia que se le había ascendido a General, odio que era el mismo que profesaban contra el “Zambo” que hoy era su General, Presidente y Libertador y a sus oficiales mas cercanos.


El 13 de Julio a 43 días de cumplir sus 44 años, Juan Agustín al alargar la mano impidió que el cura siguiera con su retahíla sobre las ventajas de dimitir y acoger el perdón ofrecido por la Republica una vez perjure. Él solo lo miró a los ojos y sonrió asintiendo con su cabeza, suficiente reacción para que el sacerdote de un par de pasos hacia atrás, luego dos guardias entraron a la celda y él se puso la casaca abotonando con firmeza y tranquilidad cada uno de los botones dorados, entonces permitió con toda tranquilidad que le ataran las manos a la espalda, su cara se iba volviendo cada vez mas suave y placida, pero nunca perdió su don de mando, por lo cual la soldadesca republicana lo miraba con respeto, sobre todo los hijos de indios y negros que estaban allí por las promesas de tierra y libertad que jamás serian cumplidas.


No puede seguir la historia de estos acontecimientos sin recordar su Pasto del alma, la provincia de los indios Quillasingas y los Pastos, la que llegaba del mar a las aguas del Orinoco y la amazonia ancestral con todos sus mágicos lugares que incluían la laguna de la Cocha, las calles empedradas de su San Juan de Pasto, el frió en su rostro y el olor a humo de las chimeneas y los hornos donde se cocía el pan de leche o las allullas. Su mente había retrocedido hasta el momento en que nació su hija mayor y retrocedió aún más al día en que su abuelo materno lo llevo a conocer los parajes de la Llanada donde conoció el oro por el cual habían llegado de ultramar los europeos. Toda la geografía andina de su tierra pasó por su mente en un instante y hasta escuchó el torrentoso Patía al abrir la roca de la imponente cordillera, para dar el salto hacia la Barbacoas que lo derrotó en franca lid.

Atrás quedaron sus tardes de olor a café recién colado, los envueltos de choclo, el anís de las pulperías, los cuyes corriendo en la cocina de su madre, sus hijos corriendo por las calles empedradas hacia la casa de Hullaguanga o el rojo brillante de los castillos de pólvora el día de la virgen de las Mercedes. Atrás quedaron las venerables leyendas de su pueblo y una historia partida en dos por los avatares de la guerra, un futuro que le duele para quienes habrán de quedar a merced de los nuevos tiranos, que han hecho de su pueblo y de sus gentes la carne de cañón de esta y nuevas guerras.


La calle está atestada de curiosos, el gobierno provincial no ha escatimado esfuerzos para mostrar este trofeo de guerra y esta demostración de fuerza a quienes desde cualquier orilla osen interponerse al nuevo orden establecido, sobre todo a la indiada de la provincia de Popayán que de vez en cuando se habían soliviantado pidiendo se cumplan los derechos que su majestad Carlos V había otorgado a los Resguardos de indios y que ellos solicitaban como parte de su derecho natural y el derecho de indios que había logrado establecer un par de siglos antes, un tal Juan Tama para los naturales de estas tierras, para después sumergirse en la laguna sagrada entre los poblados de Vitoncó y Mosoco, para no morir jamás.


Las calles se iban cerrando conforme el pelotón avanzaba con su ilustre condenado, la gente quería ver de cerca a quien durante los últimos dos años había puesto en jaque a los señoritos de esta ciudad, algunos niños azuzados gritaban abajos y mueras a su paso, pero él tan tranquilo y pausado continua su camino. Mira entre la gente un rostro conocido y lo mira a los ojos, un compañero de armas que en silencio y con absoluta tristeza lo mira y se despide de él, mientras Juan Agustín lo mira con seguridad para tratar de calmar el dolor de su amigo, mirada suficiente para trasmitirle un legado para la posteridad, el de morir de pie y con la dignidad intacta.


Las mismas familias prestantes de la aristocrática ciudad que no hace mucho tiempo asistieron a los bailes y ágapes del virrey y que lloraron la captura de Don Fernando VII por el tirano francés, los mismos que dotaron de vituallas y pertrechos, de caballos y de soldados a los ejércitos de su majestad, están hoy en primera fila frente al espectáculo que dentro de poco dará el pelotón de fusileros del ejercito de la República.

¿A quién engañan estos hombres?, se pregunta en silencio el Coronel, mientras se pone frente a frente a sus captores, ¿Dónde está su fraternidad y su igualdad cuando han saqueado los cabildos y han impuesto onerosas cargas a tenderos y a indios?, ¿Será que es posible que se busque la paz y la igualdad en estas tierras, si lo único que traen es muerte y destrucción? Entonces dirigiéndose a su interlocutor quien por orden del cabildo de Popayán le estaba ofreciendo por última vez el indulto, le respondió con voz fuerte y firme: “Independencia sin libertad no quiero, un pueblo que oprime a otro pueblo no puede ser libre. Yo no quiero que se impongan nuevas cadenas”...


El redoble de los tambores de guerra retumba en la plaza de armas, el teniente al mando del pelotón da la orden de vendar al condenado y este increpa al oficial diciendo: “Quiero morir cara al sol, mirando a la muerte de frente, soy hijo de mi estirpe, quiero morir con mi uniforme, no me venden los ojos, quiero morir de frente”. El pelotón de fusilamiento prepara sus armas y apuntan al cuerpo inerme del General Juan Agustín Agualongo Cisneros, el 13 de julio día de la Rosa mística sonaron las detonaciones de 12 fusiles, pero las explosiones no opacaron el último grito de guerra del General que a voz en cuello copo el espacio de Popayán y de la historia: ¡Que viva el Rey¡

Los ojos del General del ejército del Imperio Español en las Américas quedaron abiertos mirando el horizonte, mientras tras su muerte no cesó la guerra y en nombre de la Libertad los hacendados y ricos criollos se repartieron el botín e hicieron de la lucha de Agualongo el mejor de los pretextos para impedir que el sueño de Bolívar se hiciera realidad en las nuevas Repúblicas de la América Hispana, a toda costa impidieron que se les quitara el poder.

1 comentario:

  1. Este es el fragmento de un libro que estás escribiendo, buena pluma. Felicitaciones.

    ResponderEliminar