viernes, 18 de octubre de 2013

LUNES DE MADRUGADA

   
   I


La luz lo despertó de repente… bajó del bus y se internó somnoliento en la Terminal de Transportes, cruzó rápido hasta la puerta principal. Hacía frío, sacó de la mochila el saco negro que ella le tejió, tomó el primer taxi de la fila y se enrumbó a su casa.



Pensó en ella, se la imaginó allá en el cuarto “cuartito azul…” tarareo un momento; las luces de la ciudad lo alegraron y al mismo tiempo se sintió nostálgico, tal vez melancólico, se mezclaron en su mente aquellos acontecimientos trágicos de los últimos días.

Esa había sido su primera misión importante, la primera vez que salía tan lejos a un operativo, pero también fue la primera vez que alguien se moría en sus brazos. Recordó el olor ferroso de la sangre, el corazón excitado, las manos sudorosas, el tiempo eterno del adiós de un Compita. 

El taxi llegó más rápido de lo esperado, se estacionó justo frente a la dirección que había dado, él bajó, pagó y encendió un cigarrillo, se escalofrió… tomó otra bocanada de humo y esperó pacientemente a que el auto desapareciera en la esquina. Acomodó su mochila y comenzó a caminar, a caminar a su casa, la casa de los dos, su primera casa, aquella que pensó no volver a ver y la misma que extrañó como nunca la noche que perdió la esperanza de regresar de nuevo.


II

Parecía que hubieran pasado años, pero pensó también que solo fueron unos cuantos días, unas pocas horas y un montón de minutos; por lo menos estaba vivo y tenía el resto de su existencia para recuperar el tiempo perdido… Encendió otro cigarrillo y sintió sus manos heladas, no sabía si era el frió o los nervios. El corazón latía con fuerza y sintió ese vacío en el estomago, ese vacío que sintió la primera vez que llegó tarde a la casa de sus padres, ese vacío que sintió la primera vez que lo miró a los ojos y le dio un beso, ese vacío que sintió cuando le dieron la orden de salir con ese grupo hace 15 días, el mismo vacío que se siente cuando te enfrentas a lo desconocido.

Levantó la mirada y reconoció la fachada de su casa, una sonrisa se dibujó en su rostro, apretó el llavero entre el bolsillo de su pantalón y sintió que coronaba… Acomodó su mochila, tomó aire y aceleró el paso, el celador lo saludó con una sonrisa un tanto burlona y él solo asintió con la cabeza.

Otra vez frente a esa puerta (pensó y tomó aire, fuerte y pausadamente). No quiso hacer ruido, abrió con paciencia y cerró con toda la delicadeza, no quería despertarla; quería llegar hasta su cuarto y mirarla dormida, darse el tiempo necesario para saborear con la mirada ese espectáculo, verla así placida, serena, hermosa como era, dulce, tierna… Cuantas veces se quedó despierto, tendido a su lado velando su sueño, cuantas veces lloró en silencio pensando en lo feliz que era a su lado, cuantos amaneceres lo pillaron recorriendo su rostro placido, mientras él se extasiaba con su cálida presencia.

Subió las escaleras una a una, sin hacer ruido alguno, la luz de la calle entraba por las ventanas y sitió el calor del hogar, ese ambiente tibio y placentero y se sintió feliz… Abrió por fin la puerta del cuarto y no supo, no alcanzó a entender la escena que se presentó ante sus ojos. Ella estaba allí dormida, tranquila, serena… Abrazando otro cuerpo.

Encendió la luz y ellos despertaron de repente y como en un pasaje bíblico, se sintieron desnudos. Solo se miraron un momento y el silencio lo cubrió todo; solo y en silencio abandonó la casa, embriagado de rabia y de dolor. Una y otra vez pasó por su memoria aquella escena y sobre todo el brillo de ironía en los ojos del celador.


Sintió que definitivamente quien debió morir en el operativo era él y no su amigo.


III

La tarde estaba fría, pero de todas formas “el asado” debía comenzar, sacó de su mochila con cuidado de no estropear su contenido, una camiseta negra, la cual usó como pasamontañas. La sangre le hervía y el estruendo de los petos aceleraba aún más el pulso de su cuerpo. Los gritos, las consignas, las piedras; habían logrado ganar un buen tramo de la avenida y él avanzó con decisión hacia la tropa. Un compa le dijo que regrese, él ni siquiera la escuchó mientras gritaba, mientras pensaba sin pensar, que ya estaba muerto, que nada ni nadie podía hacerle daño alguno.

Fueron solo unos pasos, sacó de su mochila una granada a la que le había pintado un corazón, le arrancó el seguro y se abrazó al primer agente que alcanzó… Antes de volar en átomos brindó por ella y recordó el brillo de sus ojos el día en que le dio el primer beso.




1 comentario:

  1. Hermoso tu cuento, muy emotivo...triste el final pero igual da para pensar en el amor.

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